Compartimos el artículo publicado por La Voz del Interior el pasado martes 8 de mayo, realizado pro nuestro Obispo Auxiliar, Mons. Pedro Javier Torres.

Pasamos de una era que creía en el progreso como fuente de prosperidad infinita a una conciencia de que los recursos del planeta son limitados, por lo que lo único que vale es el presente.

Es tal la velocidad de los cambios culturales que mientras intentamos comprender y formular el presente en su dinamismo llamado “posmoderno” o “modernidad líquida”, se nos empieza a hablar de posverdad, de transhumanismo y de era póstuma.

Pasamos de una era que creía en el progreso como fuente de prosperidad infinita a una conciencia de que los recursos del planeta son limitados, por lo que lo único que vale es el presente. Un presente sin raíces, en el que la felicidad equivale a sentirse bien y al placer individual.

En la mitología griega, se decía que quien comía el fruto del loto olvidaba todo, se perdía y no podía regresar a su casa. Así, el placer o el consumo absolutizado, convertido en ideología, produce una amnesia que fragmenta nuestras identidades haciendo soñar un futuro insostenible, catastrófico. como el que nos muestran las películas de zombis.

Cuando lo natural se presenta como aquello de lo que hay que emanciparse, tiene sentido que sea “lo artificial” lo que lleve a cabo la transformación de lo natural en realidad plena. Allí surge el transhumanismo.

La antesala del transhumanismo es la ideología de género, para la cual la clasificación en categorías como “hombre” o “mujer”, “heterosexual” y “homosexual”, ocultaría muchas variaciones culturales, ninguna de las cuales es más “natural” que las otras. De hecho, lo natural no existiría. Y si lo hiciera, carecería de valor normativo.

Así, la perspectiva de género ha convertido las categorías de sexo y género en irrelevantes para la determinación de una identidad sexual susceptible de ser deconstruida y reconstruida permanentemente. La ideología de género se erige como un nuevo paradigma antropológico, que postula la emancipación del “yo” frente a toda determinación natural, biológica o cultural.

La implementación de esta perspectiva en el ámbito educativo, a instancias de las autoridades políticas, tiene el potencial de configurar la conciencia moral de las generaciones venideras.

Comprenderlo nos desafía a tener un sentido crítico que nos libere del vaciamiento de nuestra identidad y dignidad como personas y como comunidad.

 

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