El pasado 6 de Julio se realizó el Te Deum por el aniversario de la Fundación de Córdoba en el Convento de Santa Catalina en el centro de nuestra ciudad. El Te Deum fue presidido por Mons. Carlos José Ñáñez, y contó con la presencia del Intendente de la Ciudad, Ramón Javier Mestre, su señora esposa, el presidente provisorio de la Legislatura de Córdoba, Oscar González, autoridades civiles y militares. Compartimos la Homilía de nuestro Arzobispo.

Homilía en el aniversario de la fundación de la ciudad (06. 07. 19)

Sr. Intendente municipal, autoridades civiles, militares y de las fuerzas de seguridad, miembros del Cuerpo Consular, señoras y señores:

Como es ya tradicional, nos reunimos en este templo para conmemorar un nuevo aniversario de la fundación de la ciudad de Córdoba, dando gracias a Dios Nuestro Señor por los dones recibidos de su mano generosa y para encomendarle las intenciones de las autoridades y de todos nuestros conciudadanos.

La oración que elevamos en este día, se inserta en lo que podríamos llamar “la historia de oración de este monasterio”. En efecto, cuarenta años después de la fundación de Córdoba, en 1613, se fundaba este monasterio, el primero del país, en donde las Hermanas dominicas contemplativas han rezado y rezan sin cesar por esta ciudad, por sus autoridades y por todos sus habitantes. Damos gracias también por ello.

La palabra de Dios que acabamos de proclamar proyecta su luz sobre este momento. Según la recomendación del apóstol san Pablo, elevamos una oración pidiendo por la paz y la tranquilidad de nuestro pueblo, a fin de llevar una vida armoniosa y digna.

El salmo cuya antífona hemos recitado nos invita, a su vez, a nosotros y a todos los pueblos, a agradecer a Dios su amorosa y sabia providencia. Todos estamos invitados a acercarnos a Él, que quiere que todos los hombres lleguen a conocer la verdad y alcancen la plenitud de su vida más allá de su peregrinación terrena, es decir, que se salven, como nos recuerda san Pablo.

El evangelio, por su parte, nos presenta un momento del diálogo de Jesús con sus discípulos durante la última cena. El Señor se dirige ellos y también a todos los que adherirán a su persona y a su enseñanza, y muy especialmente a quien tiene autoridad o alguna responsabilidad en relación a los demás en la sociedad y aún en la familia, que es la célula básica de la sociedad.

A ejemplo de Jesús, que está entre los suyos como quien sirve, la actitud que es deseable tener no es la búsqueda de lugares de predominio, de poder o de prestigio, sino la del servicio generoso, desinteresado, abnegado. Sólo el servicio legitima la autoridad, nos ha recordado en más de una oportunidad el Papa Francisco.

Pidamos a Dios que esa actitud de servicio resplandezca cada vez más entre nosotros. Este año la ciudadanía está convocada a elegir las máximas autoridades de nuestra Nación. Sería sumamente auspicioso que quienes se postulan a esos cargos lleguen a tener en cuenta estas máximas o recomendaciones evangélicas y que lleguen a comprometerse decididamente a concretarlas en el desempeño cotidiano de sus responsabilidades, si son elegidos.

Es igualmente conveniente que las opciones de los electores se inspiren, a su vez, en el testimonio de quienes se postulan y en la seriedad y fidelidad de su compromiso para cumplir lo que han prometido.

El Señor nos dice también en el evangelio: “pidan y se les dará”. Pidamos entonces también por todas las necesidades de nuestros conciudadanos, especialmente por aquellos que se ven probados por la falta de trabajo o por la precariedad del mismo, por la falta de salud o de educación, por las dificultades familiares y por tantas carencias que hacen difícil la existencia cotidiana. Que la providencia divina y la solidaridad fraterna, que es instrumento privilegiado de esa providencia, alivien las situaciones más urgentes y apremiantes.

Pidamos también que la paz reine en los corazones de todos, que sepamos desterrar resentimientos y rencores que dan lugar a la inseguridad y a la violencia de todo tipo e impiden el cultivo de la amistad social y una convivencia verdaderamente digna, como la que seguramente soñaron los fundadores de esta ciudad.

En este templo oraron en su momento san José Gabriel Brochero, la beata María del Tránsito Cabanillas, la beata Catalina de María Rodríguez, el beato Enrique Angelelli  y la Venerable sor Leonor de Santa María. A ellos les pedimos que, junto a María Santísima, Nuestra Señora del Rosario del Milagro, intercedan por nuestra ciudad y nos alcancen de Dios Nuestro Señor, toda clase de bendiciones. ¡Que así sea!

+  Carlos  José  Ñáñez

Arzobispo de Córdoba

Fotografías: Martín Gómez

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