Con la presencia de nuestro Arzobispo Mons. Carlos José Ñáñez, se realizó en el Monasterio de Santa Catalina, el Te Deum por el 445° Aniversario de la Fundación de Córdoba.

Además contó con la presencia del Sr. Intendente Ramón Mestre, su Sra. esposa, integrantes del Comipaz, autoridades provinciales, municipales y militares.

Luego, las autoridades se dirigieron a la Plaza del Fundador, para realizar una ofrenda florar al fundador de Córdoba, Jerónimo Luis de Cabrera.

Compartimos la Homilía de Mons. Ñáñez en el Te Deum del 6 de Julio de 2018

Texto completo de la Homilía en el Te Deum del 6 de Julio de 2018

Sr. Intendente Municipal, autoridades civiles, militares, de las fuerzas de seguridad, miembros del honorable cuerpo consular, señores y señoras:

Nos congregamos en este histórico templo en la conmemoración de los cuatrocientos cuarenta y cinco años de la fundación de nuestra querida ciudad de Córdoba.

Los creyentes experimentamos en este momento sentimientos de gratitud para con Dios y de súplica confiada ante Él, Señor de la historia.

Ante todo, de gratitud por los abundantes dones que en su bondad nos ha concedido a lo largo de los años y por el testimonio de tantos conciudadanos que nos precedieron y que nos legaron notables riquezas de las que hoy disfrutamos.

Al mismo tiempo, un sentimiento de súplica humilde pidiendo la gracia de administrar bien esos dones y ese patrimonio en favor de todos, cuidando la “casa común”, como nos invita el  Papa Francisco en su encíclica “Laudato Si”.

Entre los conciudadanos notables que nos precedieron, quisiéramos destacar hoy a los santos cordobeses. En primer lugar, a san José Gabriel Brochero, que nos dejó en esta ciudad un precioso testimonio de abnegado servicio durante la epidemia de cólera y también en su asistencia constante y delicada a los detenidos en la antigua cárcel de barrio San Martín.

A la beata María del Tránsito Cabanillas, de notable actuación en favor de la educación y de la asistencia material, especialmente de las mujeres más pobres, en el entonces llamado “pueblo san Vicente” en nuestra ciudad.

A la beata Catalina de María Rodríguez por su esforzada tarea en favor de la educación y de la promoción de las mujeres más abandonadas en el “pueblo general Paz”, también en nuestra ciudad, y por su preocupación por el bienestar espiritual de sus conciudadanos contribuyendo a la realización de los ejercicios espirituales de san Ignacio.

A todos ellos se suma ahora sor Leonor de Santa María, monja contemplativa en este monasterio durante el siglo XIX y que fue declarada Venerable por el Papa Francisco el 19 de mayo pasado, reconociendo la heroicidad de sus virtudes cristianas.

Ella fue una mujer de fe, asentada sobre la roca que es Jesucristo y su evangelio. Fue también una mujer caritativa y solidaria, atenta a quien la necesitaba, tanto antes de entrar al convento, como después en el monasterio, distinguiéndose por su servicio abnegado y generoso, especialmente con sus hermanas enfermas.

Desde este monasterio, que el lunes pasado ha cumplido 405 años de vida, sor Leonor acompañó con su oración y con sus ofrecimientos la labor de la Iglesia en Córdoba y la vida de esta ciudad.

También hoy, las monjas del monasterio de santa Catalina, desde este lugar cercano a la plaza mayor y a la Iglesia madre, la Catedral, acompañan la vida de la Iglesia y de nuestra querida ciudad de Córdoba.

La invitación que sor Leonor y este monasterio, el más antiguo de nuestro país, nos hacen llegar a través de su testimonio y de su elocuente silencio es éste: la de hacer bien lo que debemos hacer, la de hacerlo con toda el alma, como los invitaba el apóstol san Pablo a los primeros cristianos, desafiándolos a su vez a tender a la santidad que consiste en amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo; santidad que promueve siempre una vida más humana y más digna, como enseña el Concilio Vaticano II.

La recompensa prometida a quien obra de acuerdo a esos criterios es grande y no falla, porque Dios que es fiel nunca se vuelve atrás en sus promesas.

Animémonos entonces acoger esta invitación y a obrar de esa manera, poniendo en juego lo mejor de nosotros mismos y confiando sin límites en Dios nuestro Señor, porque como dice el salmo que hemos recitado “si el Señor no edifica la casa, en vano trabaja el albañil”.

Que con la ayuda de María Santísima, nuestra Señora del Rosario del Milagro y los santos cordobeses, así sea.

+  Carlos  José  Ñáñez

Arzobispo de Córdoba

 

 

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