Homilía en el Te Deum del 25 de mayo (2017)

Sr. Gobernador de la Provincia; Sr. Intendente municipal; Srs. miembros del poder ejecutivo, legislativo y judicial de la Provincia y de la Municipalidad; Srs. miembros de la Justicia Federal; Srs. integrantes de las Fuerzas Armadas y de Seguridad; Srs. miembros del Honorable Cuerpo Consular; Srs. Miembros del Comité Interreligiosos de la Paz; Señores y Señoras:

Como cada 25 de mayo nos congregamos, autoridades y ciudadanos, en la Iglesia Catedral para manifestar nuestro agradecimiento a Dios por los dones con los que nos bendice y para reflexionar sobre la realidad de nuestra Patria.

La Catedral, en efecto, es un lugar de oración para todos los creyentes. Es el “alma de nuestra ciudad”, como felizmente reza un mural. Es al mismo tiempo un lugar propicio para la reflexión no sólo de los que creemos en Dios, sino también de toda persona de buena voluntad.

Tenemos presente el motivo de nuestra oración y de nuestra reflexión: el comienzo de nuestro camino hacia la independencia como Nación. Un camino que comenzó en Buenos Aires el 25 de mayo de 1810 y que culminó en Tucumán el 9 de julio de 1816.

Es una oportunidad más que propicia para traer a la memoria el coraje y la grandeza de alma de nuestros próceres. Son ésas cualidades que debemos apreciar en su justa medida, sin magnificarlas desmedidamente y sin empequeñecerlas mezquinamente.

Nuestros próceres soñaron una Nación grande, una comunidad de hombres libres, sin dependencias de poderes extranjeros. En esos sueños se dejaron animar también por una inspiración cristiana. No podemos desconocer esa importante cualificación, que de alguna manera está reflejada en la denominada “Oración por la Patria”, que desde hace varios años rezamos en las distintas comunidades católicas de nuestra querida Argentina.

En ella expresamos nuestra intención de ser “una Nación cuya identidad sea la pasión por la verdad”. Este anhelo tiene mucho que ver con la propuesta de Jesús, con su enseñanza. En efecto, como acabamos de escuchar en el evangelio que ha sido proclamado, el Señor nos dice: “Si ustedes permanecen fieles a mi palabra, serán verdaderamente mis discípulos: conocerán la verdad y la verdad los hará libres”.

El desafío es en consecuencia, eliminar la mentira en nuestras relaciones como ciudadanos y como sociedad. No transar con el fraude y ni siquiera con discursos “políticamente correctos” como se suele decir, pero que ocultan la verdad.

El apóstol Pablo, escribiéndoles a los cristianos de Éfeso, los invita a “renunciar a la mentira y a decir siempre la verdad al prójimo” (cf. Ef 4, 25). Animémonos pues a transitar siempre ese camino.

La “Oración por la Patria” destaca también la intención de ser una Nación cuya identidad sea “el compromiso por el bien común”, es decir la preocupación por tener presente y encarar todo aquello que favorece y promueve el bienestar de todos, por encima de intereses sectoriales o personales, y esto no sólo con declaraciones altisonantes, sino con obras y de verdad.

El desafío es, en consecuencia, no transar de ningún modo con cualquier forma de corrupción. Es casi un “lugar común” hablar sobre la corrupción y sobre los daños que provoca. Nuestro continente latinoamericano tiene una seria deuda con la sociedad respecto de este tema.

La recomendación del apóstol san Pablo es clara: “el que robaba, que deje de robar y se ponga a trabajar honestamente con sus manos, para poder ayudar al que lo está necesitado” (Ef. 4, 28).

Debemos tener la firme convicción que la corrupción perjudica a todos, pero especialmente a los que son más frágiles, a los que son más débiles, a los más pobres.

El flagelo de la corrupción debe tener una sanción legal para bien de la sociedad. A dicha sanción se debe sumar también la reprobación social. De ninguna manera se debe “festejar” los manejos o los ardides de quienes evaden las leyes y buscan inescrupulosamente beneficios personales o sectoriales en desmedro del bien de todos los ciudadanos.

Decíamos que los próceres soñaron “en grande”. Animémonos a seguir sus huellas, sin desalentarnos ni desencantarnos. Al contrario, dejemos que la esperanza nos anime a soñar también nosotros “en grande” y a trabajar mancomunadamente con ilusión, con ahínco y con constancia en la concreción de esos sueños.

El año pasado como Nación, tuvimos la alegría de ser parte del acontecimiento de la canonización en Roma de nuestro querido “Cura gaucho”, san José Gabriel del Rosario Brochero. Un pastor y un ciudadano ejemplar que con su vida y su acción pastoral nos muestra un camino: de la mano del evangelio de Jesús y contando con el auxilio de su gracia, procurar de veras una profunda renovación interior de las personas y a partir de ello favorecer el encuentro entre ellas, y buscando objetivos comunes con generosidad y esfuerzo conseguir el beneficio de una vida más digna para todos.

Invoquemos la protección de la Santísima Virgen María, en su advocación de Nuestra Señora de Luján, la Patrona de nuestra Patria, para que ella nos alcance la gracia de caminar alegres, cantando como se dice en la “Oración por la Patria”, hacia el destino de grandeza que entre todos debemos proponernos construir para nuestra querida Argentina. Que así sea.

+ Carlos José Ñáñez

Arzobispo de Córdoba

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