Compartimos un fragmento de la nota publicada el pasado 23 de Abril en el Diario La Voz del Interior de nuestro Obispo Auxiliar Mons. Pedro Javier Torres.

En estos días de Pascua, me contaron con alegría la experiencia que ofreció a sus visitantes el museo Juan de Tejeda, cuyos patios, superando el paso del tiempo, ofrecen como paisaje una postal única de la Catedral de Córdoba. Allí se invitó a hacer una experiencia con el arte, el silencio y la palabra.

A veces se olvida, en medio de la velocidad y el ruido cotidianos, la relación entre el silencio y la palabra: dos momentos de la comunicación que deben equilibrarse, alternarse e integrarse, para obtener un auténtico diálogo y una profunda cercanía entre las personas. También se olvida que hay dimensiones de la vida para las cuales las palabras no alcanzan y es necesario el lenguaje de la belleza y del silencio, e incluso del asombro y de la adoración.

El papa Benedicto XVI solía recordar que el silencio es parte integrante de la comunicación, y sin él no existen palabras con densidad de contenido. En el silencio, escuchamos y nos conocemos mejor a nosotros mismos; nace y se profundiza el pensamiento. Callando, se permite hablar a la persona que tenemos delante, expresarse a sí misma; y nosotros no permanecemos aferrados sólo a nuestras palabras o ideas, sin una oportuna ponderación. Se abre así un espacio de escucha recíproca y se hace posible una relación humana más plena.

Nos decía también que allí donde los mensajes y la información son abundantes, el silencio se hace esencial para discernir lo que es importante de lo que es inútil y superficial. Una profunda reflexión nos ayuda a valorar y a analizar los mensajes; esto hace que se puedan compartir opiniones sopesadas y pertinentes, originando un auténtico conocimiento compartido. Es necesario crear entonces un ambiente propicio, casi una especie de ‘ecosistema’ que sepa equilibrar silencio, palabra, imágenes y sonidos.

Los cristianos hemos celebrado que desde el silencio de la cruz y del Sábado Santo ha surgido el grito de la verdadera alegría por la nueva vida, por el amor de Dios que vence la muerte y el pecado. Al desear feliz Pascua, estamos manifestando que queremos que esa nueva vida empape toda nuestra existencia dando profundidad, verdad, libertad, paz y, por eso, plena felicidad a toda la humanidad.

En este tiempo de campañas electorales y de tantas palabras, como diría San Pablo, que no salgan de nuestras bocas palabras desedificantes, descalificantes, mentirosas o vanas, sino las que nos permitan encontrar el rumbo como patria de hermanos. Feliz Pascua.

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