ANUNCIANDO A JESÚS SALVADOR

CON ENTUSIASMO, CONSTANCIA Y ALEGRÍA

 

  1. El domingo pasado hemos comenzado el adviento, tiempo precioso que nos prepara para celebrar la próxima Navidad y reaviva, nuevamente, en nosotros la virtud de la esperanza. Es una magnífica oportunidad la que se nos ofrece, a esta altura del año, en la que sentimos el peso de nuestras tareas y en la que, frecuentemente, experimentamos un cierto decaimiento en nuestro ánimo.

Además, las preocupaciones por las dificultades que atraviesa, actualmente, nuestra Patria y el clima que, a veces, se gesta o, incluso se promueve, en torno a ellas, contribuye a aumentar cierta desazón. Estas circunstancias, en el espíritu del adviento, son una oportunidad para cobrar ánimo frente a la situación. Fortalece la disposición al encuentro, a la actitud de solidaridad, tan propia de la Navidad. Renueva  el compromiso de buscar y de contribuir al hallazgo de soluciones permanentes para nuestra sociedad.

Lo decisivo del adviento es preparar el corazón para recibir a Jesús que, una vez más, está a la puerta y llama (cf. Apoc. 3, 20). El corazón de cada creyente cristiano, debería ser como un pesebre, en donde el Señor pueda reposar de verdad. ¡A ello los invito, cordialmente! Ésa será, sin duda, nuestra mejor disposición para celebrar la Navidad que se aproxima.

 

  1. Quiero, también, aprovechar la oportunidad de este mensaje para compartir con todos ustedes algunas resonancias de lo acontecido en el “aula sinodal”. La tarea comenzó el 8 de setiembre y finalizó el 28 de octubre pasado. Estas resonancias las comparto desde mi experiencia personal y luego de haber escuchado las impresiones, tanto del consejo episcopal, como de los consejos presbiteral y pastoral de la Arquidiócesis.

El aula sinodal, como momento central del proceso sinodal, fue un acontecimiento de gracia. Pudimos experimentar la presencia del Señor que estuvo y caminó con nosotros, como con los discípulos de Emaús.  Nos ayudó también a percibir, de una manera renovada, la realidad de nuestra Iglesia arquidiocesana, con su considerable riqueza y su notable diversidad.  Ha sido un momento importante de autoconciencia eclesial.

El clima que animó el aula sinodal fue, verdaderamente, fraternal, impregnado de un profundo respeto entre los sinodales, una escucha atenta de las distintas intervenciones y una valoración efectiva de los aportes y testimonios. En todo momento, fue notable la alegría y serenidad de los participantes, regalo de Dios y fruto de actitudes y esfuerzos personales.

La participación de los jóvenes, en el aula y en los círculos menores, fue también una nota destacada por su alegría, espontaneidad y seriedad en los aportes.

El “pacto” de permanecer y caminar juntos, que habíamos propuesto en el retiro del 11 de agosto y renovado varias veces en el aula, tuvo su incidencia positiva en el ánimo de los participantes.

Las intervenciones en el aula sinodal, tanto de los adultos como de los jóvenes, se realizaron en un clima de auténtica libertad, seriedad y responsabilidad en el ejercicio de esa libertad, mostrando, al mismo tiempo en algunas oportunidades, un notable ingenio y creatividad.

Los trabajos en los grupos o círculos menores resultaron más laboriosos. En muchos sinodales ha quedado la sensación que se fue de más a menos. Vale decir,  el trabajo en el aula prometía más y lo tratado en los grupos con el fruto de sus aportes, fue de menor envergadura.  

Quizás,  influyeron algunas deficiencias metodológicas. Cabe señalar que siempre estamos aprendiendo y, como alguien señaló acertadamente, estamos ante un ensayo serio de sinodalidad. Serio por cierto, pero al mismo tiempo necesitado de per-feccionamiento.

Por otra parte, el fruto del trabajo de los círculos menores pone de manifiesto, de alguna manera, la Iglesia que somos: todavía un tanto o bastante “autorreferencial”. Además, muestra algo que nos caracteriza como argentinos que ya la Conferencia Episcopal Argentina señalaba en “Navega mar adentro”: nos cuesta trabajar en común, colaborativamente, en equipo.

De todas maneras, el aporte de la labor de los grupos ha sido abundante y rico. Será necesario desentrañar todo lo que está contenido en las propuestas, sin atenerse, exageradamente, a la materialidad de las mismas. Considero se debe tener en cuenta todo el proceso sinodal.  La experiencia que hemos recogido del trabajo en el aula sinodal, nos ha enseñado que el sínodo no se circunscribe a ella. Es necesario tener en cuenta todo el proceso del sínodo, desde su anuncio hasta la implementación de las propuestas sugeridas.

  1. Deseo también comentar, brevemente, cómo seguirá nuestro camino y proceso sinodal. Luego de haber escuchado las resonancias del aula, teniendo en cuenta las propuestas presentadas, con la ayuda del consejo episcopal y la asistencia de la vicaría de pastoral, ampliada y enriquecida con nuevos integrantes, quiero hacer en el mes de marzo una consulta al consejo presbiteral y al consejo pastoral de la Arquidiócesis. Será acerca de lo que propondré a la comunidad, en la planificación para el año 2019.

La intención del Papa para el año 2019, tiene un acento misionero y esto coincide con la perspectiva del momento misionero de nuestro itinerario arquidiocesano, previsto para los años 2020-2026. Son circunstancias providenciales que nos hacen pensar en la Iglesia “en salida” que, junto al Santo Padre, soñamos para nuestra Arquidiócesis.

Imagino que lo que propondré a toda la comunidad, alrededor de la Pascua de 2019, estará formulado en clave de lineamientos que inspiren un trabajo en común. Orientados hacia un objetivo: llevar adelante la tarea de la evangelización, particularmente el primer anuncio del evangelio o proclamación del Kerygma.

Al hablar de primer anuncio o de proclamación de Kerygma, estoy refiriéndome al esfuerzo por proponer y, de alguna manera, “provocar” un encuentro personal con el Señor Jesús, que entendemos que es lo mejor que nos ha pasado y que nos puede pasar en la vida (cf. Aparecida, 29). Todo ello animado por un mismo espíritu: el de la comunión efectiva y afectiva. Es decir,  con un espíritu de auténtica sinodalidad, y marcados por un estilo común: el  servicio y no el de la búsqueda del prestigio o del poder.

  1. Los lineamientos deberán inspirar las acciones y actividades que tendrán que ser adecuadas a la realidad de cada comunidad. Esto exigirá un esfuerzo de asunción cordial de los lineamientos y de imaginativa creatividad para adecuarlos a cada situación. Nos serviremos también de la riqueza de todo lo compartido y tratado en el aula sinodal. “Lo que no se vota, no se bota”, dijimos en varias ocasiones.

Como señalé al finalizar el aula sinodal, el camino sinodal que estamos recorriendo va más allá del período de mi servicio a la Arquidiócesis. El sínodo y el camino sinodal no es propiedad del Arzobispo, sino de la comunidad que viene caminando en Córdoba, hace ya casi 450 años.

El Papa Francisco ha expresado que la sinodalidad es lo que el Señor espera de su Iglesia al comienzo de este milenio. Coincidiendo, de corazón, con lo que manifiesta el Santo Padre, creo, de veras, en la sinodalidad y quiero una Iglesia sinodal.  Les pido, nuevamente, a todos los miembros de la Arquidiócesis su ayuda para llevar adelante este propósito.

Los lineamientos que imagino, como ya he insinuado, tienen que estar en la perspectiva de una Iglesia “en salida” y que se anime, con verdadero coraje y creatividad, a compartir el primer anuncio del evangelio, el Kerygma, hoy en Córdoba.  Es el mismo Señor Jesús el que nos invita a salir, más aún, nos envía el encuentro de todos: “vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos” (Mt 28, 19).

  1. Nos anima el ejemplo y la intercesión de los santos cordobeses, de San José Gabriel Brochero, de las Beatas María del Tránsito Cabanillas, Catalina de María Rodríguez y de Mons. Enrique Angelelli, que el próximo 27 de abril será beatificado. Todos ellos, en medio de circunstancias difíciles y desafiantes, supieron estar a la altura de la situación y llevaron adelante la tarea evangelizadora, anunciando a Jesús Salvador con entusiasmo, constancia y alegría. Promovieron el bien de todos, especialmente el de los más frágiles y pequeños.

Todos ellos se pusieron confiadamente en manos de María Santísima, la Inmaculada. En su fiesta comparto con ustedes este mensaje y, junto con ustedes, me encomiendo a su protección.

Les deseo una serena y alegre preparación para la Navidad durante el adviento y que el Niño Dios los colme con sus bendiciones. Que María Santísima y su esposo San José cuiden sus vidas, sus familias y todos sus anhelos.

 

+  Carlos José Ñáñez

Arzobispo de Córdoba

 

Córdoba, 8 de diciembre de 2018

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