Por Franco Colamarino (Fragmento del Capítulo 5 del libro Cien Años de Gracias sobre el Santuario Virgen de Lourdes de Alta Gracia). 

(…) Una joven pareja con un niño de unos dos años que simula ser el conductor de su propio cochecito: la mandíbula hacia adelante, la alegría que se deja observar nítida en su pequeño rostro. Un grupo de mujeres que se dirigen a buen ritmo dando la pauta que caminar o correr es una de sus prácticas habituales. Un matrimonio de unos cuantos abriles regulando el ritmo, más cerca del paso a paso que pergeñó Mostaza Merlo que del par de maratonistas que los esquivan como un río buscando su cauce al descender entre las rocas.

Algunas de las primeras postales del comienzo de la cuadragésima peregrinación desde Córdoba Capital hacia la Gruta de Lourdes ubicada en Alta Gracia, la más multitudinaria de la provincia y una de las más convocantes del país, aunque el dato cuantitativo es lo que menos importe, a excepción de la prensa. Si fueron 60000  o 70000, si faltó más gente que la anterior, y ese tipo de conclusiones sacan los principales medios en sus títulos y copetes.

En las calles de Córdoba los vecinos se acercan al cordón y unos cuántos aplauden el paso de los caminantes por la avenida Armada Argentina. El mayor punto de concentración se da a la altura del CPC de Villa Libertador donde la multitud aplaude y espera a la Virgen con admiración y respeto. Prácticamente se forma un túnel, de esos que aparecen en los casamientos con gente a los ambos lados, como si pasaran por la ruta coches de Rally o de Dakar. Solamente en esas competencias pude observar en Córdoba a esas mismas caras de expectativa, prestas al asombro desmedido. No obstante, esa comparación puede hacer analogía al rito pagano, una de las observaciones más frecuentes en este tipo de expresiones, no sólo por los no creyentes o de otras religiones, incluso también por algunos miembros de la Iglesia ―en general fieles, pero hay de todo en este gran rebaño― que condenan la veneración a las imágenes, nuevamente quedándose en la superficie. Está más que claro que la gran mayoría de la gente no realiza su plegaria a esa figura de yeso, mármol, madera o lo que fuere, es a lo que ella representa. Respondiendo sobre la Virgen de Lourdes, Adriana Alanís dice: “María no es la imagen…no es Dios…María es la madre, es intercesora, es el puente maternal. Para quienes dicen que la adoramos, no es así, veneramos y honramos a nuestra Madre”.

Las caras con las que me crucé en esa manifestación de la fe poco tenían que ver con el fanatismo, con practicar un ritual habitual o incluso con realizar una empresa para la foto, sobre todo la típica fotito para facebook al que hoy erigimos como nuestro espejo sagrado. “Saco una selfie luego existo”, admitiría hoy contrariado Descartes. Pero aquí nadie pensaba en su gesto para las redes sociales, caminaban a buen ritmo y en los primeros kilómetros nadie se detenía, salvo para acomodarse el calzado o llevarse alguna bebida o alimento de los incontables puestos improvisados al costado de la ruta. Unos cuantos se iban sumando de los barrios lindantes.

Al comienzo nos pegamos al compás de -probablemente uno de los coordinadores de la procesión- que en línea recta y sin dejar de estar en contacto telefónico acompañaba a la multitud. Sin pactarlo, sólo con la mirada decidimos con mi señora seguirle el paso, quizás por temor a la inseguridad, alguien nos había advertido que cuidemos los objetos personales que podía haber “amigos de lo ajeno”. Por un par de kilómetros la cosa iba fenómeno, exceptuando una respiración más agitada y primeras molestias en los pies, no era tan complicado ir al ritmo que llevaba el flaco a largas zancadas. Hasta que la nafta se acabó y no quedó otra que aminorar la marcha, ya otros nos pasaban como parados.

De un momento a otro necesité saber el qué, a qué iban a la Virgen de Lourdes, para qué tanto si la Madre se la puede invocar con una oración lo más campante en la casa o en cualquier parroquia. No necesité investigar a quién consultar, de golpe las vi adelante mío. Madre e hija, un cochecito cada una en la mano, un bebé dormido en uno y un pequeñín caminando al lado del otro. Ellas me darían la respuesta, algo en mi interior me otorgaba esa certeza. A lo lejos se veían algunas luces y la primera población se acercaba (Los Cedros) que tantas veces en auto me había parecido pegada al ejido municipal y que ahora, caminando, la veía tan lejana, tan cercana a Alta Gracia. Eso quería creer.

―¿Queremos creer? O ¿Creemos simplemente? –me pregunté.

―Antes vivía en Alta Gracia y todos los años íbamos a la Gruta, pero hace 15 años tenía a mi hijo gravemente enferma, la dejé al cuidado de las enfermeras y me vine a la procesión. Fui a pedir dos cosas: si era para este mundo que me lo dejara y sino que se fuera de este mundo pero tranquilo― pareció hacer una pausa pero con toda la calma del mundo continuó―se tuvo que ir pero se fue en paz― dijo la mujer mientras atendía los requerimientos de su nieto.

La distancia eterna a la ciudad de Alta Gracia ahora se reducía a la insignificancia, la mujer dejaba caer con fluidez sus palabras, su mirada se iluminaba y una sonrisa generosa acompañaba sus pesares. Sus 46 años eran tan hermosamente llevados, la cuesta arriba del otro camino ―del día a día― no la inmovibilizaba.

Por ahí te tocan muchas cosas, soy mamá de hijos discapacitados y también de nietos. Mi nieto ―señaló al que iba caminando a nuestro paso― tiene distrofia muscular…perdí dos hijos, el año pasado perdí al último que me falta. Tenía 21 años y estaba estudiando para ir a la facultad…pero mi amigo acá no sabés lo que es ―volvió a mirar al pequeño― cuando se cansa lo bajamos, sino se aburre. Charlando con una amiga que tiene un nene Down me explicaba que no ha cualquiera le toca. O no está preparado para estas cosas.

Pagaba quizás peajes demasiados caros, obstáculos díficiles de sortear, cargas pesadas o “cruces” en términos religiosos. Así la podíamos ver nosotros desde nuestra subjetividad, pero la mujer expresaba otro punto de vista:

―Uno saca fuerzas de donde no tiene. Si te caés y te deprimís y te encerrás en tu pieza, cuando salís ves en la cocina que tenés un montón detrás de ti…Si no son los hijos están los nietos, y dale que dale. Quiero estudiar porque quiero terminar mi carrera de trabajadora social, empecé el año pasado pero mi esposo se enfermó y dejé, pero me volví a anotar este año y ahí estamos, vamos a ver. El día que me reciba no quiero ejercer en la ciudad, iría a lugares más lejos donde sé que hago más falta.

Las luces del poblado se acercaban. Los Cedros, para algunos, será un remanso, para elongar o para retomar fuerzas con alguna ingesta. De nuevo, puestos de bebidas y comida con cuarteto a un volumen considerable escupiendo de los parlantes.

Antes de despedirnos, aunque seguiríamos un buen trecho casi a la par, la mujer tenía algo más para decir:

Siempre digo que al lado de mi casa o enfrente hay más necesidad que la mía, por más que uno se queje yo he visto que hay peores situaciones.

Me bastaba con imaginarme esas casas cercanas a la gigantesca obra del Tropezón, olvidadas por la gestión Delasotista, los autos ―un problema solucionado― a mejor velocidad con nuevos carriles, pero se habían dejado unos cuantos seres humanos sin solución. La precariedad de esas construcciones ubicadas, casi en frente, de torres con comodities especiales. Paradojas de alta gama, cosas muy nuestras.

Más tarde llegamos al Peaje, casi un punto de inflexión para una posible deserción. Sin embargo, mi amigo Iván que había decidido acompañarnos ―a pesas de sus limitaciones―nos inflaba de ánimo. “Todavía no estoy cansado”, susurraba como arenga. La ruta levemente comenzaba a empinarse, luces y mucho humo despertaban curiosidad a la altura del monumento a la aviadora Miriam Stefford. ¿Un estacionamiento de platos voladores? ¿Ilusiones de la intensa caminata? Nada que ver, un improvisado homenaje al festival del choripán con una decena de puestos trabajando a full.

Nos volvimos a cruzar con la abuela, la hija, los nietos. Ya habían realizado una parada técnica y volvían al ruedo. Ahora recuerdo que antes de saludarnos me dijo:

Me falta escalar una montaña, tengo muchas ganas, me tiré de paracaídas, hice aladeltismo, me gustan esas cosas raras. Plantar un árbol ya lo hice, tuve hijos…me falta escalar una montaña y escribir un libro.

A pocos metros un joven, con algún tipo de disfunción motriz, peregrinaba en soledad, con apenas la compañía de su par de muletas. Una mujer se acercó a ofrecerle agua. Faltaba mucho, con el paso más rezagado aparecieron unos más vivarachos que la multitud silenciosa, con algún trago compartido, con el cuarteto sonando desde los celulares y camisetas de fútbol, en mayoría de la T, que los hermanaba o distanciaba únicamente en ese punto. Todo medido, ningún desmán, cada cinco kilómetros aparecían los mojones con la distancia y daba la sensación que avanzábamos en una cinta de correr.  En el kilómetro 18 o 23 -depende el optimismo o apuro- con el que se lo mire, el municipio de Santa Ana aparecía como alternativa para hacer una parada. Con amabilidad, los voluntarios de la ONG Oleada Joven suministraban agua y desde los parlantes instalados en un puesto de Radio María sonaba Eduardo Meana: “volver a vos, volver a ser, volver a respirar…”.

Ya nos había alcanzado el coro con la Virgen que se suponía al final de la procesión, estábamos en la recta final, comenzar a desandar el ingreso, totalmente empinado hasta el Barrio Los Altos, cruzar el Sierras hotel, bajar hasta al río y de ahí unas cuadras más hasta la entrada a la Gruta, con puestos de chucherías varias a cada lado del cordón que poco tenían que el espíritu de la procesión, pero “es trabajo” dijeron algunos. Con el ánimo y las canciones de los voluntarios que venían con la imagen de la Virgen, conseguimos el último esfuerzo. Me acordé del curita standapero que antes de despedirme me decía “uno pasa a olvidarse de uno mismo y pensar en el otro, en el que viene, en el que está más cansado que yo. En el que tiene más problemas…entonces cuando uno se olvida de uno mismo y piensa en los demás, el dolor de caminar se te pasa”…

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