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Nota en el diario La Voz del Interior 18.11.14

La paz es don que hay que acoger, pero también tarea que hay que construir comenzando por pacificar primero nuestro corazón, y luego nuestros vínculos con los demás y con Dios.

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Pedro Torres
Miembro del Comité Interreligioso por la Paz (COMIPAZ)
Algunos meses atrás compartía en esta misma columna sobre la gran anestesia de la cultura contemporánea que paradójicamente exalta los sentidos y los adormece hasta llevarnos al sin sentido. Pensando en la anestesia venia a mi mente la experiencia que vivimos cuando nos extraen una muela: al pasarse la anestesia suele haber un momento extraño de hipersensibilidad, de intenso dolor.

No se la explicación médica de este fenómeno pero pensaba en que muchas veces desde la negación de los sentidos, desde el no querer pensar, del no comprometernos a dialogar, porque no queremos sentir el dolor de los malos momentos, pasamos al re-sentimiento.

Todos queremos la paz y la felicidad. El resentimiento suele ser uno de los mayores obstáculos para vivirla porque amarga la vida, quita la paz interior o, como diría un filósofo nacido en el siglo XIX, es un veneno que produce una autointoxicación psíquica.

Muchos síntomas de nuestro estilo de vida parecen derivar del resentimiento: el tono crítico de las conversaciones, los enojos, quejas y lamentaciones, autojustificaciones, distanciamientos y violencia entre las personas a nivel familiar, social e incluso entre naciones.

Muchos aspectos influyen en el hecho que una agresión real o supuesta que hemos sufrido se convierta en resentimiento. El estímulo que la provoca puede ser una acción o una omisión o incluso una circunstancia que percibimos como ofensa, y que volvemos a vivenciar y a sentir una y otra vez. Tal sentir ya desde el siglo VII San Juan Clímaco suele asociarlo a la ira porque se conserva unido a una actitud de rencor y hostilidad hacia la persona causante del daño e impulsa a la revancha o venganza.

Para sanarnos del resentimiento necesitamos ser agradecidos, valorar todo lo que somos y tenemos, como también aprender a perdonar las ofensas reales, y objetivar las exageraciones de nuestros sentimientos e imaginación por medio de la educación de la razón y la voluntad.

La paz es don que hay que acoger, pero también tarea que hay que construir comenzando por pacificar primero nuestro corazón, y luego nuestros vínculos con los demás y con Dios. Si para los filósofos la paz es tranquilidad en el orden, que requiere de la justicia y verdad, para el mundo bíblico es aún más. Es una plenitud de todos los bienes, es un encuentro con Dios que da reposo y descanso al hombre en su amor. Para Jesús es lo propio de los hijos de Dios que trabajan por ella, es fruto de la pascua que vence el pecado, y la muerte y da la nueva vida, Es un don que no depende de las circunstancias, no viene de cosas externas, ni de mera ausencia de guerras o de políticas de pan y circo, como refería el famoso historiador romano Cornelio Tácito.

Es parte del reino que él anuncia frecuentemente con parábolas como la del tesoro escondido en el campo que un hombre encuentra o la de la perla fina que un comerciante buscaba. Un reino valioso que una vez reconocido nos lleva a invertir todo lo nuestro para conseguirlo. Reconocer lo valioso es sanante, es fuente de alegría.
Para vencer el resentimiento hay que reconocer que somos valiosos, pero superando el egocentrismo y las susceptibilidades.
Hay que asombrarse ante el don de la vida, sin devaluarla cuando es naciente o en su ocaso por la enfermedad, la ancianidad o el dolor. Hay que desenterrar el tesoro del respeto, del diálogo, de la honestidad, de la reconciliación y el perdón, y comprometernos con gestos simples a reconstruir el tejido social, a rencontrarnos como hermanos, a construir juntos la paz entre nosotros y a contagiarla desde el corazón a tantos hermanos del mundo que hoy sufren por que les falta. ¿Seremos capaces?

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La Comisión Arquidiocesana de Pastoral de la Salud invita a todos los trabajadores de la salud, animadores y agentes pastorales al servicio de los enfermos, a participar de la peregrinación al Santuario de la Virgen de Lourdes de Alta Gracia, el sábado 22 de noviembre de 9:30 a 12 horas. La peregrinación estará acompañada por Monseñor Pedro Torres, Obispo Auxiliar de Córdoba. 

La salida y el regreso se realizarán desde la Sede de Pastoral de la Salud, Figueroa Alcorta 458, Córdoba. Inscripciones martes y jueves de 16 a 20 horas al Te. 0351 4282875 o al mail: Esta dirección electrónica esta protegida contra spambots. Es necesario activar Javascript para visualizarla

Sin dudas que será un hermoso encuentro visitar a la Virgen Nuestra Señora de Lourdes, quien cada año acoge en su Gruta el dolor de tantos miles de peregrinos, y la ofrenda de tantos trabajadores de salud que con generosidad cuidan a los hermanos enfermos.