Homilía en la Vigilia de Pentecostés (03. 06. 17)

Queridos hermanos:

En esta solemne vigilia de Pentecostés como Pueblo de Dios que peregrina en Córdoba, nos hemos congregado bajo la mirada maternal de María Santísima, para disponernos convenientemente a recibir el don sobre todo don: el Espíritu Santo. Hemos realizado un momento prolongado de oración suplicando su presencia. En el fondo de nuestros corazones hemos dicho y decimos confiadamente: “Ven Espíritu Santo, ven a nuestros corazones”.

Este “dulce huésped del alma”, como cariñosamente lo llama la piedad de la Iglesia, viene en nuestra ayuda y nos enseña a orar y a pedir humildemente por todas nuestras necesidades a Dios nuestro Señor (cf. Rom 8, 26-27).

Él, el Espíritu del Señor, es también el que abre ante nosotros horizontes insospechados. Como los israelitas deportados en Babilonia muchas veces nos sentimos perdidos, sin esperanzas, como los huesos resecos a que hace referencia la profecía de Ezequiel que acabamos de escuchar (cf. Ez 37, 1-14).

¡Cuántas veces ha brotado ese sentimiento en nuestro corazón al contemplar las cambiantes y difíciles vicisitudes de nuestra Patria! ¡Cuántas veces nos hemos dejado ganar por esa sensación al considerar las múltiples dificultades de nuestras comunidades, en su testimonio y servicio evangelizador!

El Espíritu Santo nos reanima y nos devuelve la confianza. Convocado desde todos los confines puede hacernos revivir e impulsarnos nuevamente a caminar juntos hacia donde el Señor nos llama. Se trata de abrir el corazón a ese “río de agua viva” para que se convierta en un manantial que salte hasta la vida eterna (cf. Jn 7, 38-39).

Con esa esperanza nos hemos congregado, con esa confianza estamos suplicando por cada uno de nosotros, por nuestras comunidades y por nuestra querida Patria a la que queremos servir desde el evangelio con obras y de verdad, según el ejemplo  de nuestro querido san José Gabriel del Rosario Brochero. Y con esa esperanza queremos también encarar la realización de un nuevo Sínodo Arquidiocesano, el undécimo en la historia de nuestra Iglesia local.

El Sínodo es una asamblea que, convocada y presidida por el obispo, refleja la realidad de la Iglesia diocesana y se aboca a la consideración de alguna temática específica en orden a identificar propuestas que presentadas al pastor de la Iglesia local puedan ayudarle en el gobierno de la porción del Pueblo de Dios que le ha sido encomendada.

Para el XI° Sínodo hemos elegido como tema “El primer anuncio del evangelio hoy en Córdoba”. Es oportuno recordar al respecto lo que nos enseña el Papa Francisco, en “Evangelii Gaudium” hablando acerca de la catequesis: “Cuando a este primer anuncio se le llama “primero”, eso no significa que está al comienzo y después se olvida o se reemplaza por otros contenidos que lo superan. Es el primero en un sentido cualitativo, porque es el anuncio principal, ese que siempre hay que volver a escuchar de diversas maneras y ese que siempre hay que volver a anunciar de una forma o de otra a lo largo de la catequesis, en todas sus etapas y momentos” (EG 164).

Estamos absolutamente convencidos que el evangelio es un tesoro que ilumina el caminar de todo hombre, varón o mujer. El Señor Jesús -evangelio viviente- nos lo dice claramente: “Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12). Es también fuente de verdadera libertad. En efecto, dice Jesús: “si ustedes permanecen fieles a mi palabra, serán verdaderamente mis discípulos: conocerán la verdad y la verdad los hará libres” (Jn 8, 31b-32). Es  alimento que sostiene nuestro caminar. Nos recuerda el Señor: “Yo soy el pan de vida, el que viene a mi jamás tendrá hambre” (Jn 6, 35). Jesús, su evangelio, es por tanto el que nos descubre el sentido de la vida, es un tesoro que humaniza (cf. NMA 16) y que se nos ha regalado para compartirlo con todos: “vayan y hagan que todos sean mis discípulos” (Mt 28, 19-20).

El evangelio ha resonado y resuena en nuestra Patria desde sus orígenes. Esta es una importantísima constatación. No se nos oculta, sin embargo, que en nuestro tiempo se verifican cansancios, olvidos, descuidos de ese inapreciable tesoro. Más aún, en muchas ocasiones se ha debilitado o incluso se ha cortado la cadena en la transmisión de la fe. Se ha enfriado en muchos de nosotros el amor del principio. Es urgente e imprescindible volver como antes (cf. Apoc. 2, 4-5).

El Sínodo quiere ayudarnos a tomar conciencia de esta situación y con la esperanza puesta en la fidelidad del Señor, escuchar lo que el Espíritu dice a la Iglesia que está en Córdoba para que el mensaje de Jesús vuelva a resonar con la sencillez, la claridad, y sobre todo con el entusiasmo y el ardor del comienzo (cf. Apoc. 2, 7. 11. 17. 29; 3, 6. 13. 22)

En la asamblea sinodal queremos profundizar juntos el contenido del primer anuncio, a imagen del que resonó en el comienzo de la obra evangelizadora de la Iglesia, queremos además identificar quiénes son los destinatarios-interlocutores de este anuncio, en dónde realizarlo, de qué modo y en cuáles circunstancias concretarlo y quiénes deben proclamarlo.

Para este objetivo que constituye un verdadero desafío, necesitamos la ayuda del Espíritu Santo. Lo invocamos con confianza y fervor para que nos ilumine, nos guíe, nos sostenga, nos impulse. Más aún, para que “provoque” en todos los que recibamos cordialmente ese anuncio, un encuentro verdaderamente fascinante con Jesús que nos lleve a vivir de Él y que nos vuelva deseosos de comunicarlo a todos recordando aquello de que “el mejor regalo que puede recibir una persona es conocer a Jesús, haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos pasó en la vida y darlo a conocer con nuestras palabras y nuestras obras es nuestra alegría” (DA 29).

Por todo lo señalado, convoco formalmente al XI° Sínodo arquidiocesano a realizarse en la segunda mitad del año próximo, 2018. La Vicaría de pastoral de la Arquidiócesis que es al mismo tiempo la comisión preparatoria de este evento nos ofrecerá, como por otra parte ya lo está haciendo, los instrumentos y las indicaciones concretas para llegar debidamente preparados a la realización de esa importante asamblea.

Al comienzo de esta homilía señalábamos que estábamos congregados en torno a María Santísima. En este templo la invocamos como “Auxilio de los cristianos”. A su ayuda nos encomendamos todos para que Ella nos acompañe, nos auxilie y nos alcance la gracia de disponer nuestro corazón para escuchar con docilidad lo que el Espíritu quiere decirnos a la Iglesia que está en Córdoba y para disponernos también a llevar adelante lo que a su luz e inspiración veamos indispensable para hacer presente en todas partes el primer anuncio del evangelio de Jesús, fuente de salvación y de alegría que no pasa. Que así sea.

+  Carlos  José  Ñáñez

Arzobispo de Córdoba

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