La misa Crismal fue celebrada esta mañana a las 9 en la Catedral de Córdoba Nuestra Señora de la Asunción y trasmitida en directo a todo el país por Radio María Argentina.Fue presidia por el Arzobispo de Córdoba Monseñor Carlos José Ñáñez. Concelebraron los Obispos Auxiliares Mons. Pedro Torres y Mons. Ricardo Seirutti; los obispos eméritos Mons. José María Arancibia obispo emérito de Mendoza,  Roberto Rodríguez obispo emérito de La Rioja, Mons. Ángel Rovai, obispo emérito de Villa María. Vicarios episcopales, miembros del Consejo Presbiteral y la presencia de sacerdotes del clero secular, religiosos, y de distintas congregaciones y movimientos que se encuentran en la Arquidiócesis de Córdoba.

Texto completo de la homilía

Queridos hermanos todos, especialmente queridos hermanos sacerdotes y diáconos:

Con serena y profunda alegría nos reunimos nuevamente en torno al altar de nuestra Iglesia Catedral para conmemorar el día de la institución del Sacramento del Orden. Contemplando este acontecimiento decimos con el salmista: “¡Qué bueno y agradable es que los hermanos vivan unidos!” (Sal 133, 1); y teniendo en cuenta nuestro camino arquidiocesano, renovamos nuestro propósito de “mirarnos como hermanos, de cuidarnos como tales y de caminar juntos”.

Como los asistentes a la sinagoga de Nazareth queremos “tener los ojos fijos en Jesús” (cf. Lc. 4, 20), a quien el autor de la carta a los Hebreos denomina como el “Sumo sacerdote misericordioso y fiel” (Heb. 2, 17).

Sumo sacerdote fiel, “digno de crédito”, porque tiene acceso seguro ante Dios y transmite con autoridad su Palabra. Sumo sacerdote misericordioso que compartió nuestra fragilidad, con excepción del pecado; y por nosotros experimentó el sufrimiento y la muerte transformándolos de consecuencias y castigos del pecado en instrumentos de reencuentro y de reconciliación con Dios.

Transitamos el “jubileo extraordinario de la misericordia” que nos ha invitado a vivir el Papa Francisco y que nos ayuda a redescubrir este atributo de Dios, su infinita misericordia, tan patente en la Sagrada Escritura y que la teología actual destaca como el principal atributo divino.

La misericordia es, precisamente, el atributo que manifiesta las entrañas maternas de Dios, siempre dispuesto a acoger a sus creaturas, pequeñas y frágiles, y que lleva a plenitud la justicia. Justicia por la que Dios nos justifica y nos transforma interiormente haciéndonos justos de verdad.

Transitamos además el año de la canonización del Beato José Gabriel del Rosario Brochero, sacerdote misericordioso y fiel a imagen de Jesús de cuyo sacerdocio participaba.

Brochero, sacerdote fiel, digno de crédito, que decidió libre y amorosamente militar bajo la bandera de Cristo. Su experiencia vivida en la práctica de los Ejercicios espirituales de San Ignacio la transmitió con convicción a través de su enseñanza, ratificada por su testimonio, y a través de su constante práctica pastoral. Una de las pláticas de su autoría que ha llegado hasta nosotros es  meditación sobre “las dos banderas”. Es sumamente recomendable leerla y releerla para captar el corazón sacerdotal y de pastor comprometido.

Brochero, sacerdote misericordioso porque abrió su corazón al Señor Jesús y se hizo su instrumento creíble y eficaz, practicando incansablemente las obras de misericordia corporales y espirituales en favor de todos los necesitados.

En este momento podemos preguntarnos ¿cuál fue la clave de la vivencia y del ejercicio tan intenso de su ministerio sacerdotal? La respuesta la podemos encontrar en otra de sus pláticas que nos han quedado: la “Plática sobre la última cena de Jesús”. Allí podemos descubrir expresiones hondas y tiernas según su estilo y el estilo propio de la época. No dudamos que hoy Brochero se hubiera expresado con términos semejantes a los que usó Benedicto XVI en su encíclica “Deus caritas est”[1]; o con las expresiones llenas de calidez de la Conferencia de Aparecida[2]; o con las que utiliza el Papa Francisco[3], todas ellas llenas también de calidez.

En esa plática sobre la Eucaristía se trasluce el encuentro de Brochero con Jesús, su dejarse amar por Él, su admirarse por su amor desbordante, perdonador, benefactor, –y permítasenos la expresión- y por su amor “loco” hacia todos los hombres. Amor que es la razón de la institución de la Eucaristía y que está como “encerrado” en ella. Dice el Beato en su plática sobre la última cena de Jesús: “Porque la hostia consagrada es un milagro de amor, es un complemento de amor, y es la prueba más acabada de su amor infinito hacia mí, hacia ustedes, hacia el hombre”. Y también: “Para darse cuenta de esa acción heroica de Jesucristo, de instituir el sacramento en tales circunstancias, es preciso entrar con el alma en el amante corazón de Jesús, tan locamente enamorado que se olvida de sí por acordarse del objeto de su loca pasión, esto es, por acordarse del hombre”[4].

Brochero, celebró su primera Misa el 10 de diciembre de 1866 en la capilla del antiguo Seminario de Loreto y continuó haciéndolo cada día hasta su muerte, como se lo compartía a su compañero, el Obispo Juan Martín Yaniz[5]. De ella sacó permanentemente la fuerza necesaria para anunciar constantemente “el año de gracia del Señor”, para vendar las heridas de sus contemporáneos y para invitarlos a una sincera reconciliación con Dios y con sus hermanos.

De allí brotaron sus ingentes esfuerzos para atraer a Santos Guayama y a sus seguidores, integrantes de las antiguas montoneras, afectados todos ellos sin lugar a dudas por las enormes heridas causadas por los prolongados y sangrientos enfrentamientos entre unitarios y federales.

El Beato Brochero nos invita con su ejemplo a “sacar” fuerzas de nuestra diaria celebración de la Eucaristía para anunciar también este “jubileo extraordinario de la misericordia” que nos propone la Iglesia a través del ministerio del Papa Francisco y para vendar las heridas que se derivan de los múltiples enfrentamientos en nuestra Patria, y de un modo especial de aquél que toma origen de la violenta interrupción del orden constitucional y de la supresión del estado de derecho acaecida el 24 de marzo de 1976, hace exactamente 40 años.

La dolorosa historia vivida y padecida nos enseña que nunca se debe desconocer y menos aún romper el orden constitucional ni tampoco interrumpir el estado de derecho. El orden en la sociedad y su eventual restablecimiento en caso que hubiera sido lesionado debe hacerse siempre en el marco de la ley y del respeto a la dignidad de las personas, y las dificultades en la vida política deben resolverse con auténtico espíritu republicano y utilizando siempre las herramientas que la misma Constitución nacional prevé al efecto.

En este día, el jueves sacerdotal por excelencia, en el que seguramente recordamos con cariño y gratitud nuestra propia ordenación sacerdotal, iluminados por el hermoso testimonio del Beato Brochero animémonos a vivir con pasión, con alegría, generosidad, espíritu de servicio y de abnegación nuestro ministerio sacerdotal para gloria de Dios, para el bien de la Iglesia y de nuestra Patria que se apresta a festejar el bicentenario de su existencia como Nación independiente.

Queremos dar una cordial bienvenida a todos los sacerdotes, miembros de órdenes y congregaciones religiosas y a los que pertenecen a otras instancias eclesiales, y que este año se han incorporado a nuestro presbiterio arquidiocesano. Les deseamos un ministerio fecundo entre nosotros.

Queremos recordar al Padre Carlos Bazzara, misionero en la zona fronteriza entre Níger y Burkina Faso, en África. Pedimos que el Señor haga fecunda su entrega y su servicio. La figura y el espíritu de Brochero, del cual el P. Carlos es ferviente devoto, se expande también por aquel continente.

Oramos también por nuestros hermanos sacerdotes, seculares y religiosos, que están en el Hogar Sacerdotal, en el Hogar San Camilo y en domicilios familiares. Desde allí también ellos se asocian a nuestra celebración y nosotros los recordamos con cariño y gratitud.

Recordamos finalmente a los hermanos que partieron a la Casa del Padre. Al Padre Alberto Mir, incansable apóstol de la juventud y diligente y eficaz organizador e impulsor de la Pastoral de la Salud en nuestra Arquidiócesis. Al Padre Dalmiro Rodríguez, párroco incansable y generoso en su dedicación al ministerio y a sus hermanos a los que servía con su constante y cálida bondad. Al P. César Sánchez García que dejando la Madre Patria y viniendo a nuestra tierra gastó su vida al servicio de sus hermanos de Argentina, especialmente en la Parroquia “María Reina” de nuestra ciudad. Y al P. Luis Cortés, dolorosa y cobardemente asesinado, y cuyo generoso servicio recordamos con gratitud. Por todos ellos ofrecemos esta Eucaristía.

Destacamos, no sin dolor, que este año no tendremos ordenaciones sacerdotales en nuestra Arquidiócesis. Por ello mismo, quisiera invitarlos a todos a pedir con insistencia al Señor de la mies que envíe más obreros para cubrir las necesidades de sus campos y quisiera pedir especialmente a los sacerdotes, a los diáconos y a los  catequistas, que renovemos nuestro empeño en descubrir las huellas del llamado del Señor en nuestros hermanos y en alentarlos a abrazar con confianza y generosidad el camino que el Señor les propone llamándolos al sacerdocio o al diaconado.

Con alegría podemos sí, comentarles que el próximo 25 de mayo por la tarde -en esta Catedral- un grupo de hermanos nuestros que han estado preparándose convenientemente, serán ordenados diáconos permanentes para nuestra Arquidiócesis.

¡Les deseo a todos, queridos hermanos, una muy feliz Pascua de Resurrección! A los sacerdotes les deseo un fecundo ministerio en estos días del Triduo Pascual y que Jesús Resucitado los renueve en su propósito de servirle y de servir a su Pueblo Santo.

A María Santísima, madre nuestra querida y Reina de la misericordia le encomendamos todas nuestras intenciones y nos ponemos bajo su maternal protección y cuidado.

+  Carlos  José  Ñáñez

Arzobispo de Córdoba

[1] Cf. Papa Benedicto XVI, “Deus caritas est” n° 1

[2] Cf. Documento de Aparecida n° 18 y n° 29

[3] Cf. Papa Francisco, “Evangelii gaudium” n° 266

[4] Brochero, “Plática sobre la última cena de Jesús”

[5] Brochero, carta del 28 de octubre de 1913

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