Homilía en la fiesta de la Ssma. Virgen (02. 10. 16)

Queridos hermanos y hermanas:

Como todos los años nos congregamos en la Basílica de Santo Domingo y marchamos en procesión por las calles de nuestra ciudad para honrar a la Patrona de nuestra Arquidiócesis, la Santísima Virgen María en su advocación de Nuestra Señora del Rosario del Milagro. Su imagen, compañera de la del Señor del Milagro de Salta, está junto a nosotros en Córdoba desde hace más de cuatrocientos años.

Las circunstancias, podríamos decir “providenciales” del hallazgo de las imágenes del Señor y de la Santísima Virgen flotando en sendos cajones en el puerto del Callao en el Perú, nos hacen entrever algo que la piedad popular vive con mucha sencillez y con honda verdad: “caminamos juntos hacia Cristo por María”.

La celebración de este año nos encuentra transitando, y ya próximos a su finalización, el Jubileo extraordinario de la misericordia, promovido por el Papa Francisco. Al mismo tiempo, esperamos ansiosos el acontecimiento de la ya inminente canonización del Beato José Gabriel del Rosario Brochero, el próximo 16 de octubre en la ciudad de Roma.

El lema de la novena patronal y de esta fiesta se inspira en las palabras de la Santísima Virgen en casa de Isabel: “mi alma canta la grandeza del Señor”; canta sus maravillas y la maravilla por excelencia es su misericordia y por eso decimos: “con María Santísima y el Beato Brochero cantamos la misericordia del Señor”.

¿Y qué es la misericordia del Señor? Es la acogida que Dios dispensa generoso y bondadoso a la debilidad, a la fragilidad, al pecado, a la miseria de la condición humana. Una acogida como la que el seno materno brinda a la vida que se gesta en él; una acogida compasiva como la del seno materno que se “estremece” ante el dolor de la vida que se ha formado en él. Podemos decir, por ello, que la misericordia hace patente de un modo elocuente el rostro “materno” de Dios.

¿Y cómo podemos beneficiarnos con esa misericordia de Dios? Ante todo reconociéndola como algo realmente importante; apreciándola en la belleza que le es propia y que vislumbramos de alguna manera; y sobre todo abriendo el corazón y dejándonos “tocar” por ella. “Dios no se cansa de perdonar”, nos recuerda con insistencia el Papa Francisco.

¿Lo que acabamos de afirmar, significa acaso que da lo mismo proceder de cualquier modo, que todo vale porque Dios de todos modos y siempre perdona..? De ninguna manera, abrirse a la misericordia significa reconocer lo que está mal, lo que se ha obrado mal, desaprobarlo y al mismo tiempo poner por obra un sincero y decidido propósito de cambio. Es la colaboración indispensable de la libertad humana con la maravilla de la misericordia divina. Es lo que comúnmente llamamos “conversión” y que normalmente se verifica y se vive a través de un proceso sincero, auténtico, constante, y a veces prolongado.

Estamos invitados, entonces, a abrir confiados nuestro corazón a la misericordia divina; a vivir con gratitud y alegría nuestro jubileo de la misericordia.

¿Además de beneficiarnos con la misericordia divina, podemos ser testigos, más aún, instrumentos de ella? Seguramente que sí. El ejemplo del apóstol san Pablo nos anima grandemente en ese propósito. Al escribirle a su discípulo y amigo Timoteo le comentaba admirado que el Señor Jesús lo había considerado digno de confianza llamándolo a su servicio, a pesar de sus blasfemias, insolencias y persecuciones (cf. 1 Tim 1, 12-13a). Y no menos admirado confesaba: “pero fui tratado con misericordia” (1 Tim 1, 13b). A partir de esa experiencia concluía convencido: es cosa cierta que Jesús vino al mundo por los pecadores y yo soy el peor de ellos. Si encontré misericordia fue para que el Señor mostrara en mi toda su paciencia (cf. 1 Tim 1, 15-16). Desde esa experiencia entrañable, el apóstol desgasta su vida predicando, llamando a la conversión, socorriendo, consolando y sanando a los que están heridos por el pecado.

Cada uno de nosotros puede entonces “hacer memoria” de cómo fue tratado con misericordia, ser testigos e instrumentos de ella para con sus hermanos y puede “cantar la misericordia del Señor, con María y con Brochero”.

El Beato José Gabriel, sin lugar a dudas, hizo esa experiencia de la misericordia en su vida ante todo participando de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio. Desde allí se hizo testimonio creíble de la misma. Alguna vez decía con cierta ocurrencia: “yo tenía algunos papeles firmados al diablo, pero Jesús los rompió sobre la cruz, y de palabra nadie cobra…”

Brochero fue también instrumento de la misericordia para con todos, socorriendo a los enfermos del cólera durante la epidemia que asoló a nuestra ciudad; asistiendo, consolando y predicando a los detenidos en la cárcel de Barrio San Martín; atendiendo en su ministerio parroquial a todos los enfermos incluso a los de lepra; y procurando sanar a todos de aquella “lepra del alma” que es el pecado, a través de la realización de los Ejercicios Espirituales, la predicación constante del evangelio y la administración incansable del sacramento de la reconciliación.

Antes de finalizar esta Eucaristía escucharemos el testimonio de un capellán de la cárcel y de un detenido, que nos recordarán de algún modo la actuación de Brochero en ese ámbito y nos propondrán esa valiosa y muy exigente obra de misericordia que es “visitar a los presos”.

Luego de su largo y abnegado ministerio, el Cura Brochero golpeado él mismo por la enfermedad de la lepra y sus pesadas consecuencias, se retiró viviendo con fidelidad su ministerio e intercediendo hasta el fin por sus hermanos. “Aquí me la paso, desgranando rosarios…”, solía decir. A su compañero de Seminario, el obispo Juan Martín Yañiz, le escribía: “Dios me da la ocupación de buscar mi fin y de orar por los hombres pasados, por los presentes y por los que han de venir hasta el fin del mundo”.

En el marco de esta celebración queremos homenajear de manera especial al Pbro. Luis Denardi, párroco emérito de “San Nicolás de Bari” en barrio Talleres, que recientemente ha cumplido setenta y un años como sacerdote. Es el sacerdote más antiguo de nuestro presbiterio y ha sido un ferviente impulsor de la causa de canonización del Cura Brochero, de la cual fue vice-postulador. Al Padre Luis queremos obsequiarle un rosario y una plaqueta con la frase del Cura a su compañero de Seminario, para que también él se sienta invitado a desgranar rosarios y rezar por todos nosotros, por todos los hombres.

El próximo 13 de noviembre concluirá en Córdoba y en las distintas Iglesias locales el Jubileo extraordinario de la misericordia. El 20 de noviembre, fiesta de Jesucristo Rey del Universo, el Santo Padre lo clausurará en Roma. En la conclusión del Jubileo, las “puertas santas” se cerrarán, aunque no totalmente, en realidad quedarán “entreabiertas”, para que por cualquier hendija siga “colándose” la misericordia del Señor, porque “Dios no se cansa nunca de perdonar…” Siempre, entonces podremos “cantar la misericordia, con María Santísima y con el Beato Brochero”.

En el corazón de este santo cura ponemos nuestras intenciones y nuestro ferviente deseo de la misericordia del Señor. Acudimos también confiados al corazón de la Virgen Madre, de la Purísima como cariñosamente la llamaba Brochero, y a la que nosotros invocamos confiadamente como “refugio de pecadores y auxilio de los cristianos” para que Ella nos alcance cuanto anhelamos. Que así sea.

+ Carlos José Ñáñez

Arzobispo de Córdoba

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