Queridos hermanos y hermanas:

Como todos los años el primer domingo de octubre celebramos a la Santísima Virgen María en su advocación de Nuestra Señora del Rosario del Milagro, Patrona de nuestra Arquidiócesis de Córdoba. Hemos acompañado su imagen histórica por las calles del centro de nuestra ciudad y ahora compartimos la Eucaristía en su honor.

Una Eucaristía en la que queremos tener presente de un modo especial a toda la vida consagrada en nuestra Arquidiócesis y agradecerle su testimonio y su servicio generoso y abnegado en nuestra Iglesia local. Una Iglesia local que nació acompañada por el impulso evangelizador de las órdenes históricas, a las que se sumaron, sobre todo a partir del siglo pasado y hasta el día de hoy, numerosas y variadas expresiones de vida consagrada que continúan y profundizan el testimonio y la labor evangelizadora. Queremos, a través de un gesto sencillo, expresar nuestro reconocimiento y nuestra gratitud.

Contemplamos hoy a María Santísima como nuestra intercesora ante el Señor misericordioso. Más aún, como madre y protectora de cada uno de nosotros, según el encargo recibido de su Hijo sobre la cruz: “ahí tienes a tu hijo”. La Virgen ha cumplido y cumple siempre amorosamente esa misión maternal. Acudimos entonces a ella con filial confianza haciéndole presente nuestras necesidades y nuestros anhelos.

La contemplamos también como modelo sublime. Ella recibe confiada al Verbo de Dios, su Palabra, que en ella se hace carne, se hace uno de nosotros. En seguida, sin demora, María sale y va al encuentro de su pariente Isabel a compartir con ella la buena noticia y a ofrecerle su servicio generoso. El encuentro entre estas dos santas mujeres es ocasión de gozo y de bendición. La razón es sencilla y fundamental: María lleva en su seno al Salvador del mundo. Juan lo reconoce y “salta de alegría” en el seno de Isabel su madre. La alegría de Juan, la alabanza de Isabel a María, el canto de la Santísima Virgen ponen de manifiesto la belleza de la escena. Cuando Dios se acerca con sus dones a los hombres crea belleza. ¡Qué bueno es reconocerlo, cantarlo, disfrutarlo!

La actitud, los gestos de María Santísima son emblemáticos para la Iglesia. Así lo entiende el Papa Francisco que nos invita a que como comunidad cristiana seamos una Iglesia “de puertas abiertas” dispuesta a acoger a todos y también y especialmente una Iglesia “en salida”, que intenta, que trata de llegar a todos, que quiere alcanzar las periferias, las geográficas y las existenciales.

Profundizando el camino pastoral que venimos recorriendo en nuestra Arquidiócesis desde la celebración del Encuentro Eucarístico Nacional del año 2000, y haciéndonos eco del anhelo del Santo Padre yo quiero hoy, en la fiesta de nuestra Patrona, anunciar la realización de un nuevo Sínodo arquidiocesano, el undécimo en la historia de nuestra Iglesia local. Desde ya lo encomendamos a la maternal intercesión de la Santísima Virgen y del Beato José Gabriel del Rosario Brochero, que también participó de uno de los Sínodos realizados en su tiempo.

¿Y qué es un Sínodo? Es una asamblea convocada por el obispo que reúne a sacerdotes, consagrados y laicos para reflexionar sobre las problemáticas que afronta una diócesis, en orden a encontrar y sugerir al pastor caminos para dinamizar y adecuar lo mejor posible la tarea evangelizadora y apostólica a las necesidades de la misma diócesis.

En el caso concreto de nuestra Arquidiócesis, desde un renovado empeño misionero, quisiéramos encontrar los estilos, los criterios, los modos, las estructuras adecuadas para concretar “una Iglesia en clave misionera y que llegue a ser como un hospital de campaña”.

El Papa Francisco señala claramente que a partir del empeño misionero, anhelado y concretado sinceramente, se irán encontrando los caminos para promover la renovación de los estilos y de las estructuras eclesiales de manera tal de poder anunciar con agilidad y con alegría la buena noticia de la salvación que no es otra cosa que la buena noticia de la misericordia de Dios que quiere llegar a nuestro corazón y regalarnos la reconciliación y la amistad con Él y con todos nuestros hermanos.

El Santo Padre, precisamente, ha anunciado que a partir del 8 de diciembre próximo en la Iglesia se vivirá el “Jubileo extraordinario de la misericordia”. Una ocasión para acercarnos a Dios, para abrir el corazón a su gracia que es perdón y amistad, para vivir de una manera nueva que nos permita reconocernos como hermanos, cuidarnos como hermanos, caminar juntos como hermanos.

Hemos sido testigos de los recientes viajes apostólicos del Papa Francisco a América. Ante todo, a Ecuador, Bolivia y Paraguay. Y más recientemente a Cuba y a Estados Unidos de Norteamérica. En ellos nos ha dejado el testimonio de gestos elocuentes y enseñanzas luminosas sobre la vida cristiana, sobre la incidencia de la fe en nuestra vida cotidiana, social, comunitaria y familiar. Es notable su mensaje en vistas a construir un mundo cada vez más humano, más digno. A salir al paso a todos los fenómenos deshumanizantes que provocan el deterioro del ambiente, de la casa común que habitamos, y el deterioro de la convivencia social. Las invitaciones a la bondad, a la ternura, al cuidado mutuo han sido insistentes.

De todo ello la familia es la escuela privilegiada. La familia es “escuela de humanidad” y ámbito en donde se transmite, se comparte y se profundiza la fe. Y es también el ámbito en donde se goza la fe en común, una fe que abre a la esperanza y que motiva a la caridad, a un amor cada vez más solícito y más delicado.

Hoy está comenzando el Sínodo ordinario de los obispos en Roma para reflexionar sobre la vocación y la misión de la familia en la Iglesia y en el mundo. Oramos para que esta asamblea pueda ser de veras fecunda y acercar al Santo Padre propuestas, sugerencias que puedan ayudarlo en su responsabilidad de pastor universal de la Iglesia. Anhelamos escuchar un renovado anuncio de la buena noticia de la familia, una invitación a redescubrir su belleza, un llamado a recomponer y profundizar los vínculos entre sus integrantes por un sincero camino de auténtica y constante reconciliación.

Una familia reconciliada y reconciliadora puede ayudar a la Patria a encontrar caminos de reconciliación. No podemos vivir enfrentándonos permanentemente. El enfrentamiento sólo da lugar a la división, al resentimiento y al rencor.

El Venerable Fray Mamerto Esquiú, que fuera obispo de Córdoba, al recordar y celebrar la jura de la Constitución nacional, invitaba a sus conciudadanos a sujetarse a la misma y a observar la ley cuyo desconocimiento había traído desencuentros, rencillas, odio, guerra interna, violencia y muerte.44Estamos acercándonos a la celebración del bicentenario de la declaración de la independencia de nuestra Nación decretada por el Congreso de Tucumán que representaba prácticamente a todas las provincias de nuestro país. Es una oportunidad providencial para renovar nuestro propósito de ser Nación: “una Nación cuya identidad sea la pasión por la verdad y el compromiso por el bien común”. Una Nación que sepa elaborar un proyecto común y sostenerlo entre todos. Al elegir a las autoridades que regirán los destinos de nuestra Patria tengamos presentes estos propósitos.

La Eucaristía lleva a plenitud nuestros anhelos de unidad, más aún, nos regala el don de la unidad. Abramos nuestro corazón para recibirlo y secundémoslo con generosidad y constancia. Participamos con fervor de esta celebración y vayamos también disponiéndonos para la realización del próximo Congreso Eucarístico Nacional a celebrarse en el mes de junio del año que viene en Tucumán, cuna de nuestra independencia nacional.

Que la Virgen Santísima que camina a nuestro lado en Córdoba y en nuestra Patria, nos alcance toda clase de bendiciones para que podamos realizar nuestros buenos propósitos y nos acompañe especialmente en el camino sinodal que queremos emprender en nuestra Arquidiócesis.

+ Carlos José Ñáñez
Arzobispo de Córdoba

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