Texto completo de la homilía de Monseñor Carlos Ñáñez Arzobispo de la Arquidiócesis de Córdoba, en la misa que presidió esta tarde en el Pontificio Seminario Mayor en Roma. En el mensaje dirigido a los obispos, sacerdotes residentes en Roma y peregrinos, destacó la caridad pastoral de Brochero.

Homilía en el Seminario Mayor de Roma (14. 10.16)

Queridos hermanos:

Luego de haber compartido una jornada de serena reflexión en torno a la figura del beato José Gabriel del Rosario Brochero, nos congregamos ahora en torno al altar del Señor para celebrar la Eucaristía, mientras continuamos preparándonos para participar de su inminente canonización.

La canonización de este insigne sacerdote es un acontecimiento que dará gloria a Dios poniendo de manifiesto su amor por los hombres y hará resplandecer una vez más su infinita y tierna misericordia para con sus hijos. Será, por tanto, un motivo más para vivir con intensidad este “año de la misericordia” que nos ha propuesto el Papa Francisco.

Al mismo tiempo, será un acontecimiento que llenará alegría a toda la Iglesia, particularmente a la Iglesia que está en Argentina y que llenará de consuelo y de ánimo a las Iglesias que peregrinan en Córdoba y en Cruz del Eje.

¿Quiénes nos hemos reunido hoy? Nos hemos congregado obispos, sacerdotes y laicos miembros todos del Pueblo santo de Dios que  admiramos y somos devotos del Cura Brochero y que queremos participar de este momento singular de gracia que será su canonización.

¿Qué nos dice la Palabra de Dios? En la primera lectura hemos escuchado un fragmento del prólogo de la carta de san Pablo a los efesios. En dicho prólogo el apóstol nos recuerda que hemos sido amados y elegidos por Dios, y que como fruto de ese amor y de esa elección hemos sido “sellados” por su Espíritu.

El sello del Espíritu Santo dice referencia a la gracia del bautismo que la confirmación ha llevado a plenitud, y para nosotros sacerdotes dice relación a la gracia propia de nuestra ordenación sacerdotal, que ha impreso una marca imborrable en nuestros corazones.

En el evangelio el Señor Jesús nos invita en la confianza, a no temer a los que sólo pueden matar el cuerpo pero después no pueden hacer nada más. Nos invita además a huir de la hipocresía.

El huir de la hipocresía es una invitación a esforzarnos sinceramente para vivir en la autenticidad, esforzarnos para ser personas sin dobleces, de una sola pieza, de una sola palabra.

El vivir en la confianza, es una invitación a  redescubrir en cada momento el amor del que somos objeto; es también una invitación a dejarnos amar y a descansar en ese amor. Es una invitación a  redescubrir la elección que procede del amor que el Señor nos tiene. Es una invitación a seguir con docilidad la inspiración del  Espíritu Santo.

El beato Brochero, fue siempre dócil a la inspiración del Espíritu Santo y movido por ella, por la inspiración del Espíritu, llevó adelante la admirable obra de evangelizar todo su curato y la enorme tarea pastoral que encaró con incansable entusiasmo.

Brochero no dudó nunca de su elección como sacerdote y se sintió constantemente llamado a gastar su vida al servicio de los demás. De manera singular, mostró una dedicación y un cariño especial para con los más pobres, a quienes buscó promover hacia condiciones de vida cada vez más dignas.

¿Cuál fue el secreto de su vida santa y de la fecundidad de su ministerio? Sin lugar a dudas, su generosa correspondencia a la gracia de la caridad pastoral, participación de la caridad de Jesús Buen Pastor, que Brochero había  recibido el día de su ordenación sacerdotal.

La caridad pastoral lo capacitaba y lo impulsaba a dejarse amar por el Señor, lo capacitaba además para corresponder a ese amor y para amar a todos los hermanos que habían sido confiados a su cuidado, especialmente a los más frágiles.

Es conmovedora su plática sobre la última cena de Jesús. Allí se percibe, expresado en el lenguaje de la época su amor por Jesús, su amor por sus hermanos, su ejemplar caridad pastoral. Esa caridad unificaba toda su vida y su ministerio. Se puede decir que Brochero vivió anticipadamente lo que el Concilio Vaticano II enseñó y recomendó a los presbíteros.

Esa caridad pastoral vivida con total generosidad  condujo al Cura a la santidad que la Iglesia va a poner de manifiesto en breve.

Nosotros, iluminados por la Palabra de Dios y motivados por el testimonio del beato Brochero, pidamos al Señor con confianza e insistencia la gracia de tener un corazón semejante al de este santo sacerdote y hagamos el propósito de seguir sus huellas, gastando nuestras vidas al servicio del evangelio y de nuestros hermanos, movidos por un profundo y tierno amor a Jesús y de la mano de la Virgen Santísima a quien el Cura invocaba cariñosamente como “su Purísima”. Que así sea.

+ Carlos José Ñáñez

Arzobispo de Córdoba

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