Culminando la Visita Ad Límina, nuestro Arzobispo, Mons. Carlos José Ñáñez presidió la Santa Misa celebrada en la Basílica de Santa María La Mayor, en Roma. Compartimos su homilía:

“Queridos hermanos obispos:

Señalan los biógrafos de San Ignacio de Loyola que este santo, antes de acometer empresas importantes en su vida, acudía en peregrinación a algún santuario o algún lugar en donde se honrara especialmente a la Santísima Virgen María para encomendarse y ponerse bajo su maternal protección.

El Papa Francisco, fiel a esa tradición Ignaciana, antes de sus viajes apostólicos a diferentes partes del mundo, acude a esta Iglesia de Santa María la Mayor para encomendarse a la Virgen. Y al final, para agradecerle su protección y ayuda en su labor de pastor universal.

Nosotros, seguramente, también nos hemos encomendado a nuestra Madre del cielo, en nuestras respectivas Iglesias locales, antes de emprender esta peregrinación a la tumba de los apóstoles Pedro y Pablo y nuestra visita al Santo Padre.

Hoy, casi finalizando nuestra visita Ad Limina acudimos aquí para agradecer a la Virgen su intercesión, su protección y para suplicarle su ayuda maternal para recapitular y capitalizar esta experiencia en vistas de nuestra tarea de pastores y para renovarnos en el fervor apostólico.

La palabra de Dios que acabamos de proclamar nos ilumina en estas circunstancias. Ante todo, mostrándonos el entusiasmo, la dedicación y la fortaleza de los santos apóstoles, Pablo y Bernabé. Ellos, fieles al designo de Dios, se dirigieron primero a los miembros del pueblo de Israel, habitantes de la diáspora.

Ante el rechazo de los judíos, sacudiendo el polvo de su calzado, determinaron dirigirse a los paganos, no sin antes reconocer en esta determinación algo previsto por la Providencia Divina. Recordemos las palabras de alabanza y de acción de gracias del anciano Simeón al tener al Niño Jesús en sus brazos: ´gloria del pueblo de Israel y luz de las naciones´.

El anuncio de Pablo y Bernabé, a los judíos primero y luego a los paganos, es el del amor misericordioso de Dios manifestado en Cristo Jesús. Es el kerygma, el primer anuncio del Evangelio, el que está al comienzo y aquél al cual hay que volver permanentemente, como recuerda el Papa en ´Evangelli Gaudium´, porque encierra como concentrada toda la verdad de nuestra fe cristiana.

En Jesús y en su amor por nosotros nos es dado ver al Padre y experimentar su amor misericordioso por cada uno, como el Señor le señala a Felipe. La palabras que Jesús dice, las obras que realiza, lo pone de manifiesto.

A nosotros, a partir de nuestro bautismo y confirmación, y especialmente a partir de nuestra misión apostólica, recibida gratuitamente el día de nuestra consagración episcopal, nos incumbe la tarea de anunciar a Jesús, su amor misericordioso, con creatividad, con ´parresía´ y con alegría.

Con creatividad, no ahogando las inspiraciones del Espíritu Santo, en nosotros, en nuestros colaboradores, en nuestros hermanos, superando la tentación de aferrarnos, como nos ha advertido el Papa, en aquello de que ´aquí siempre se hizo así, lo cual termina frustrando cualquier iniciativa original.

Con ´parresía´, es decir con aquel coraje que proviene del Espíritu Santo y que anima a proclamar el Evangelio, aún en medio de dificultades, como las que padecieron los que se dispersaron después del martirio de Esteban, y que sin embargo iban por todas partes anunciando la Palabra (CFR. Hech. 8, 4); sin esperar logros inmediatos o altisonantes, estando dispuestos, más bien, a afrontar fracasos parciales como el que experimentaron Pablo y Bernabé en Antioquía de Pisidia, o como el que experimento el mismo Jesús en su pueblo de Nazareth y en otras circunstancias de su ministerio público.

Con alegría, que es también un don preciso del Espíritu Santo y que brota del haber acogido en el corazón la buena noticia del amor misericordioso de Dios manifestado en Jesús. Es esa alegría la que acompaño a los discípulos de Antioquía aún después de la expulsión de Pablo y Bernabé, por parte de los judíos. Es la alegria a la cual hacen diferencia diversos documentos de nuestros episcopado al proponer la tarea evangelizadora; es la alegría que le Papa Francisco, retomando la enseñanza de San Pablo VI, nos recuerda que es indispensable para ser atractivo y creíble el Evangelio.

Nuestra Patria vive hoy una nueva crisis de esperanza, se asoma incluso la tentación de la tristeza, del desaliento y aún del desencanto. La dureza de la situación explica, al menos en parte, esas actitudes. Debemos reconocer, sin embargo, que hay algo en la cultura de nuestro pueblo que nos inclina a ello, sumado a la experiencia de sucesivos desencuentros y enfrentamientos que agravan esas disposiciones.

Es necesario, por tanto, evangelizar o re – evangelizar esa cultura invitando a una conversión que permita recuperar los sentimientos y las actitudes más nobles de nuestro pueblo y dando lugar a iniciativas nuevas que posibiliten encuentros verdaderos, diálogos sinceros y constructivos, acuerdos superadores de todas las dificultades en todo nuestro país, no solo en algunas regiones más favorecidas.

La reciente beatificación de Monseñor Enrique Angelelli y de sus compañeros mártires nos ofrece una inspiración al respecto. El mensaje permanente del pastor riojano fue el de promoveer el encuentro, la solidaridad, más aún, la fraternidad que despertara un auténtica esperanza, que hiciera feliz a La Rioja y, en definitiva a toda la Patria. Su mensaje estuvo acompañado por su testimonio coherente, constante y fiel hasta el martirio.

Hemos acudido ante la ´Salus Papoli Romani´ para agradecer e implorar su protección y ayuda. A Ella, en su advocación de Nuestra Señora de Luján, Patrona de nuestra Patria, le pedimos que nos acompañe, que camine con nosotros, que nos inspire e inspire a todo el pueblo argentino, a fin de que como Nación podamos en verdad cantar y caminar, caminar cantando.

Que así sea.”

† Carlos Ñañez
Arzobispo de Córdoba

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