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Queridos hermanos:

Como el pasado ocho de setiembre, al inicio del “aula sinodal”, nos congregamos nuevamente en la Iglesia Catedral, para dar gracias a Dios por la conclusión de dicha “aula”.

Queremos expresar nuestra profunda gratitud a Dios nuestro Señor por su providencia de Padre que nos cuida constantemente, por su cercanía y presencia en la persona de su Hijo, que camina con nosotros, por el aliento e inspiración de su Espíritu Santo, que nos asiste constantemente.

Quiero, una vez más, como pastor de esta Iglesia local, expresar mi gratitud a todos los que han hecho posible el “aula sinodal”. Ante todo, a la comisión ante-preparatoria y a la vicaría de pastoral que se constituyó en su momento como comisión preparatoria; a la secretaría general y relatoría, ambas han realizado una esforzada tarea; a los sinodales miembros del aula, por su constancia, responsabilidad, serenidad y alegría permanente; a los colaboradores en las tareas de secretaría, en la animación de la liturgia, la oración y a todos los servidores por su dedicación generosa y eficaz.

Hemos concluido el aula sinodal, pero no damos por concluido el proceso sinodal. Más aún, como manifestaba el domingo pasado, queremos vivir permanentemente una “Iglesia sinodal”, tal como nos propone el Papa Francisco.

El desafío que tenemos delante es el de recoger todo lo vivido en el aula sinodal, interpretar sus propuestas, sugerencias y, luego de un sereno discernimiento, formular las orientaciones que guíen y animen la labor pastoral de la Arquidiócesis.

Dicho discernimiento lo haremos, Dios mediante, también de “modo sinodal”, es decir, de manera participativa y colaborativa, contando con la ayuda de los organismos que la Iglesia prevé para acompañar y asistir el ministerio pastoral del obispo.

A primera vista, puede parecer que la notable diversidad manifestada en el aula sinodal puede ser un inconveniente a la hora de diseñar el camino a seguir. Sin embargo, en esa misma diversidad está expresada la riqueza con que el Espíritu Santo dota a nuestra Iglesia local. Es una invitación a dar cabida a esa riqueza y secundarla para dar vida a una auténtica complementariedad que posibilite una mejor proclamación y testimonio del mensaje evangélico.

El objetivo que nos hemos propuesto al realizar el Sínodo es profundizar el tema del primer anuncio del evangelio hoy en Córdoba.  Un primer anuncio que es dar a conocer al Señor Jesús, su ofrecimiento de cercanía, su amistad transformadora y renovadora, su propuesta de un estilo de vida que da sentido a la existencia, plenificándola y llenándola de alegría contagiosa.

El primer anuncio de Jesús, el mensaje precioso de su evangelio, hemos de procurar hacerlo resonar en todas partes, no sólo convocando, sino sobre todo saliendo al encuentro de los demás. Este es un gran desafío. En efecto, se trata de ser realmente una Iglesia “en salida”, superando inercias personales o institucionales que, muchas veces, nos encierran en “zonas de confort” o envuelven en actitudes autorreferenciales.

Se trata de una salida confiada. Confiada en el Señor que nos envía y asiste en la misión. Y de una salida hacia los lugares en donde las personas transcurren sus vidas y trabajos, con sus diversas vicisitudes, a veces alegres y otras veces penosas o sufridas.

Se trata también de una salida amable, amistosa, que busca acercarse no con fines proselitistas, para ganar adeptos, sino como quien quiere compartir un tesoro que humaniza y abre horizontes insospechados en la vida de las personas y que se proyectan hasta la eternidad. Y todo con sostenida paciencia, respetando los tiempos de Dios y los tiempos de las personas. Acompañando procesos, sin dejarse ganar por ansiedades de éxito o de eficacia.

La Palabra de Dios que acabamos de proclamar, particularmente el santo evangelio, nos ilumina e inspira en nuestro camino. La actitud del escriba que se dirige a Jesús parece ser sincera, sin dobles intenciones como en otras escenas evangélicas.

La pregunta refleja una auténtica preocupación entre los israelitas piadosos: ¿cuál o cuáles son los principales mandamientos? La sobre-legislación de normas, 613 según algunos estudiosos, hacía problemática la situación de quien quería vivir la fidelidad a Dios.

El Señor Jesús responde a partir de la Escritura. Lo primero que allí se propone es escuchar: “Escucha Israel…” El escuchar es una actitud que predispone a ponderar serena y adecuadamente todo y a obrar con prudencia y acierto. El  escuchar es algo que tenemos que tener presente en nuestra labor post-sinodal: escuchar ante todo a nuestros interlocutores, a los interlocutores del evangelio.

Luego del escuchar la verdad fundamental que no hay sino un solo Dios y Señor, sigue la formulación del principal mandamiento: amar a Dios con toda el alma; a este mandamiento el Señor Jesús asocia sin que el escriba se lo hubiese preguntado, el mandamiento del amor fraterno a partir de lo que se encuentra en otro texto de la Escritura: y a tu prójimo como a ti mismo. Esta enseñanza del Señor es algo que, de algún modo, pertenece también al primer anuncio y que pone de relieve que ser discípulo de Jesús no es complicado, es sólo exigente. Él nos asiste con su gracia que hace posible y, aún, agradable observar esos mandamientos.

La aprobación y la reafirmación de la respuesta de Jesús, por parte del escriba, pone de manifiesto su buena intención y añade una observación importante: el cumplimiento de esos mandamientos está por encima de las prescripciones referidas al culto: “vale más que todos los holocaustos y todos los sacrificios”.

Las palabras finales de Jesús: “tú no estás lejos del Reino de Dios” son sumamente importantes y proyectan su luz sobre nuestras disposiciones para el anuncio del evangelio. Se trata de valorar las buenas disposiciones de nuestros interlocutores y a partir de ellas hacer el primer anuncio, con confianza y esperanza, sin ansiedades, respetando los tiempos de Dios para las personas y los tiempos de las personas para acoger los dones de Dios.

Como señalábamos, el proceso sinodal no concluye, al contrario, continúa en el proceso sinodal de nuestra Arquidiócesis. En nuestra oración pedimos al Señor la gracia de seguir escuchando lo que el Espíritu dice a la Iglesia que está en Córdoba, de escuchar los clamores del momento actual y de intentar responder a ellos trabajando con empeño en llevar a todos y en todas partes el evangelio de Jesús y sus preciosos dones.

Encomendamos nuestra súplica a nuestra Madre, la Santísima Virgen del Rosario del Milagro, a su esposo san José, a santa Teresita del Niño Jesús que nos ha acompañado en el aula sinodal y a los santos cordobeses en cuya oración confiamos especialmente.

Hoy hacemos una especial mención de nuestro querido san José Gabriel del Rosario Brochero que hace ciento cincuenta y dos años, el cuatro de noviembre de 1866, en esta misma Catedral fue ordenado sacerdote para gloria de Dios y para el bien de sus hermanos a los que sirvió generosa y abnegadamente.

Brochero, un santo verdaderamente “en salida”, siempre, a pesar de las dificultades de su tiempo, anunciando y llevando a Jesús. Tanto es así que, hasta hoy, llegan los ecos de su fervoroso anuncio, poniendo de relieve que el anuncio del Señor no tiene horizonte que lo limite.

Acudimos a la intercesión de este santo sacerdote, pidiendo que su ejemplo de evangelizador entusiasta e incansable nos anime constantemente. Que así sea.

+  Carlos  José  Ñáñez

Arzobispo de Córdoba

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