Con alegría celebramos la fiesta de la Santísima Virgen, Nuestra Señora del Rosario del Milagro, Patrona de nuestra Arquidiócesis. Con devoción hemos acompañado su sagrada imagen por las calles de nuestra ciudad y meditado el santo Rosario. Ahora celebramos la Eucaristía en su honor.

Un doble acontecimiento sinodal enmarca hoy nuestra celebración. Ante todo, el Sínodo ordinario de los obispos que ha comenzado hace pocos días en Roma y que tiene como tema “Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional”. Allí está participando el obispo auxiliar, Mons. Ricardo Seirutti. También, el undécimo Sínodo arquidiocesano que se está celebrando en nuestra Arquidiócesis y tiene como tema “El primer anuncio del evangelio hoy en Córdoba”. Encomendamos en nuestra oración ambos acontecimientos y pedimos la intercesión de la Santísima Virgen.

Hacia el final de nuestra celebración, escucharemos un breve testimonio de dos miembros del aula sinodal de Córdoba. En consonancia con lo que suele recomendar el Papa Francisco, el testimonio de la persona mayor procurará evocar las raíces y las realizaciones de nuestra Iglesia en Córdoba. El joven procurará presentarnos algunos de los sueños y de los desafíos de nuestra comunidad arquidiocesana.

El santo evangelio que acabamos de proclamar ilumina hoy el momento que estamos viviendo. La Santísima Virgen María, llevando en su seno virginal al Hijo de Dios hecho Hombre, está cumpliendo el gesto profético del Rey David con el traslado del arca de la alianza a Jerusalén. Ella se convierte en “Arca Viviente” de la nueva y definitiva alianza, como la invocamos en las letanías en su honor. Ha dejado de ser ya un anuncio de lo que iba a acontecer a la humanidad necesitada de redención, en tiempos del Rey David, para convertirse en el instrumento que trae al mundo al redentor, tanto tiempo esperado por el “resto” de Israel, los pobres de corazón del Evangelio.

La escena de la Visitación, como lo señaláramos oportunamente, es el ícono inspirador del Sínodo que estamos realizando y anhelamos que lo sea de la Iglesia que está en Córdoba, que a imagen de la Santísima Virgen quiere ser discípula y misionera de Jesús.

Discípula para escuchar, guardar, meditar y practicar la Palabra de Dios. Misionera para llevar a todos la buena noticia de Jesús y para compartir la alegría que esa buena noticia suscita. Vale decir, llevar la persona de Jesús, viva en cada uno de nosotros, a todas partes, a todas las periferias, tal cual lo hizo la Virgen. Con la esperanza de “hacer saltar de alegría a los demás”, porque, como nosotros, también los destinatarios de nuestro anuncio, encuentran la Persona del mismo Jesús.

Vamos discerniendo que el Espíritu nos invita y nos impulsa a ser cada vez más una Iglesia “en salida”. Una Iglesia que se siente llamada a proclamar convencida y alegremente el primer anuncio del evangelio en Córdoba. Así como María que, ni bien dejó de conversar con el Arcángel Gabriel, salió sin demora a realizar el acto más grande se servicio a los otros que es llevar a Jesucristo.

¿Y cuál es el primer anuncio del Evangelio? ¿Implica acaso “estudiar” un especial discurso en alguna  “escuela” en particular? No, no es eso. El primer anuncio es simplemente éste: “Jesús te ama, Jesús nos ama. Él dio su vida por mí, por vos, por nosotros. Te acepta como sos, nos acepta como somos. Te ofrece su amistad, nos ofrece su amistad, una amistad que transforma y plenifica nuestra existencia, nuestra vida”. Y es compartir el testimonio más elocuente: “aquí lo tienes, te lo traigo porque está conmigo”.

Es la buena noticia del amor salvador de Jesús que hacía exclamar al apóstol san Pablo: “vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó por mí”. Un amor que interpela, que invita, más aún, un amor que incluso “provoca”, desafía, a un encuentro personal con Él, el Señor.

El ofrecimiento de Jesús, que reconocemos como transformador, es eminentemente personal y al mismo tiempo integrador en la comunidad de sus amigos, en su pueblo, en la familia que forma. El lema pastoral de este año 2018 nos lo recuerda y propone: “El Hijo nos llama a seguirlo. Caminamos juntos”.

Decíamos que el Espíritu Santo nos va mostrando que debemos ser cada vez más una Iglesia que no se contenta con convocar a sus templos, a sus asociaciones y movimientos, a sus obras apostólicas, sino una comunidad que toma la iniciativa de salir, de encontrarse con las personas en los lugares en donde viven, en sus hogares, en los lugares en donde trabajan, y allí procuran compartir sus alegrías y escuchar sus preocupaciones, sus inquietudes, sus sufrimientos y angustias y allí también tratan de testimoniar el amor de Jesús que acompaña, consuela, da sentido y fuerzas para vivir. Recogiendo lo verdaderamente bueno y ayudando a transformar lo que es malo en bueno.

Para poner por obra este impulso del Espíritu Santo tenemos que ayudarnos mutuamente para descubrir a dónde nos invita a ir, debemos asimismo animarnos unos a otros para tomar la iniciativa de salir. Animarnos también a intercambiar experiencias para discernir juntos los ámbitos adonde llegar, los modos de estar presentes, los lenguajes para hacer más adecuado el primer anuncio del evangelio de Jesús. Al mismo tiempo, un anuncio que tiene que estar impregnado de compasión y misericordia, de una solidaridad efectiva y constante, que conduzca cada vez más a una auténtica y cálida fraternidad.

Tendremos, además, que ayudarnos, mutuamente, para brindar un testimonio evangélico verdaderamente coherente que predisponga, de alguna manera, para recibir el primer anuncio. Estamos convencidos que se trata de algo que toca y renueva la vida, impregnándola de un nuevo sentido por el cual vale la pena jugarse completamente.

Quisiéramos también comprometernos en este momento y ante Dios nuestro Señor a cultivar actitudes de verdadera solidaridad que alivien el sufrimiento de las personas más probadas, por las muchas necesidades de nuestra Patria y que también experimentamos en nuestra querida Córdoba. Pedimos especialmente, por nuestros conciudadanos que sufren las duras consecuencias de la situación económico-social para que tengan el consuelo y la fortaleza que viene de Dios.

Los invito, y me invito, a que salgamos entusiasmados a llevar la buena noticia, la misma Persona de Jesús, con palabras, gestos, como en su momento lo hicieron San José Gabriel Brochero, las beatas María del Tránsito Cabanillas y Catalina de María Rodríguez, los venerables Fray Mamerto Esquiú, Fray José León Torres, Monseñor Enrique Angelelli, Fray Carlos Murias y la venerable sor Leonor de Santa María.

Encomendamos a la intercesión de nuestra Patrona a toda la Iglesia que peregrina en Córdoba, y nos dé las fuerzas necesaria para llevar a la práctica el primer anuncio,  y de corazón le decimos: “Bajo tu amparo nos refugiamos, Santa Madre de Dios, no desoigas las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades, antes bien, líbranos de todo peligro, ¡Oh siempre Virgen, gloriosa y bendita!  Que así sea.

 

+  Carlos  José  Ñáñez

Arzobispo de Córdoba

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