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Homilía en la Misa de Corpus  (17. 06. 17) 

Queridos hermanos y hermanas:

En este mismo momento, en las distintas zonas pastorales de la Arquidiócesis, se están llevando a cabo las celebraciones de la fiesta del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo. En dichas celebraciones se expresa, por una parte, la diversidad de cada zona que enriquece a la Iglesia local y al mismo tiempo la comunión que vincula a todos sus miembros de la misma, porque “caminamos juntos” bajo la mirada bondadosa “del Padre que nos ama” y porque todos comemos de un único pan (cf. 1 Cor 10, 16-17)

En esta Iglesia Madre, la Catedral, también nosotros como zona pastoral uno de la ciudad honramos el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Luego de la celebración eucarística, llevaremos el Santísimo Sacramento por las calles del centro de la ciudad y expresaremos nuestra veneración en el momento de adoración que realizaremos y en la bendición que recibiremos en el atrio de la iglesia de san Francisco.

Esta celebración y la procesión que la prolongará es una invitación a renovar y a reafirmar nuestra fe en la presencia, verdadera, real y sustancial del Señor Jesús en la Eucaristía, tal como nos enseña la Iglesia en su Magisterio.

La Palabra de Dios que hemos escuchado proyecta su luz sobre este momento. Moisés invita al pueblo de Israel a hacer memoria. Ante todo de la liberación que Dios ha obrado en su favor, sacándolo de la esclavitud de Egipto; de la protección que le ha brindado en la travesía del desierto y del alimento -el maná- con el que lo ha sustentado.

También nosotros, como pueblo de Dios, estamos invitados a hacer memoria de la liberación del pecado que Cristo nos mereció y consiguió por su entrega en la cruz y por su gloriosa resurrección; de la protección que nos dispensa constantemente y del alimento con que nos sustenta admirablemente.

Aquí precisamente está la “maravilla” que la palabra de Jesús nos descubre y que nuestra fe acepta y confiesa sin dudar: el alimento es Jesús mismo. En efecto, el Señor afirma con fuerza: “mi carne es la verdadera comida, y mi sangre la verdadera bebida” (Jn 6, 55). Y además, en este alimento Jesús nos ofrece y quiere regalarnos su amistad: “el que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él” (Jn 6, 56).

Recibir este alimento maravilloso es compartir la vida con Jesús. El pan, en efecto, es el símbolo del sustento que sostiene en la vida, que se consigue con el trabajo honesto y que se comparte en la mesa familiar y con los amigos.

Todas esas realidades: el encuentro, el trabajo y el sustento, quedan plenificadas por la comunión con el Cuerpo bendito de Jesús.

La comunión con Jesús no es sólo con su vida, sino también con su entrega generosa en la cruz. La sangre, en efecto, es símbolo de la vida, especialmente de la vida entregada. “Esta es la copa de mi sangre, que será derramada…” dice el Señor en la última cena con sus discípulos (cf. Mc. 14, 24). Una vida entregada que en la resurrección va a ser recuperada en plenitud.

Nuestra vida entregada a Dios y a los hermanos queda plenificada por la comunión con Jesús muerto y resucitado, misteriosa pero realmente presente en el Santísimo Sacramento del Altar.

Así, nuestra comunión es con Cristo, como decía el apóstol san Pablo: “vivo en la fe en el Hijo de Dios que me amó y se entregó por mi” (Gal 2, 20) y con los hermanos con los cuales, en Cristo, formamos un solo cuerpo porque participamos de un único pan (cf. 1 Cor 10, 17).

En los días que corren se nos presentan diversos desafíos para nuestra convivencia y comunión. Ante todo las distancias que nos alejan. De hecho, se suele hablar de una “grieta” que establece separaciones en nuestra sociedad argentina. Las divisiones, que son consecuencias en buena medida de las distancias que nos alejan y separan. Los enfrentamientos, de los cuales tenemos experiencias variadas y recientes, como el conflicto que atravesamos en nuestra ciudad con relación al transporte urbano. La indiferencia que muchas veces es expresión del egoísmo y de lo que el Papa Francisco denomina “la autorreferencialidad”, fruto muchas veces, a su vez, de la saturación y del embotamiento que produce el consumismo y algunas características de la cultura actual.

¿Cuál debería ser la respuesta a estos desafíos? Ante todo, el acortar distancias, lo cual demanda ciertamente un esfuerzo exigente y un trabajo impregnado de misericordia y de paciencia. También el favorecer la “cultura  del encuentro”, como también dice el Santo Padre, con la buena disposición del corazón y con gestos concretos antes que con palabras altisonantes. A través del custodiar la armonía y la paz, como nos invitaba el domingo pasado el apóstol san Pablo y esto concretando un diálogo respetuoso, franco y paciente, aunque sea laborioso. Finalmente, pidiendo y acogiendo en el corazón la gracia del perdón. Recordemos lo que con mucha frecuencia expresamos en el Padre Nuestro: “Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido.” (Mt 6, 12)

Así, purificados por la misma sangre, la del Señor Jesús y alimentados por el mismo cuerpo, el del Hijo del Hombre, podremos construir el reino de los cielos, una sociedad mejor, más humana y más digna.

El ejemplo emblemático de San José Gabriel del Rosario Brochero nos estimula en esta dirección. En su vida experimentó una profunda devoción a la Eucaristía que celebró con cuidado hasta el extremo de sus fuerzas y sobre la que habló hermosamente en una de las pláticas que nos ha dejado.

Su devoción eucarística influyó decididamente en su dedicación al ministerio y en su compromiso por una sociedad mejor, más humana y más digna.

A él y a “su” Purísima le encomendamos nuestras intenciones y propósitos y encomendamos también y de manera especial a todos los papás que mañana celebrarán su día, para que siempre y cada vez más puedan ser la “sombra” del Padre de los cielos. Que así sea.

+  Carlos  José  Ñáñez

Arzobispo de Córdoba

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