Palabras al finalizar el acto ecuménico e interreligioso por la Patria (06. 07. 17)

En el marco de la conmemoración de un nuevo aniversario de la fundación de nuestra ciudad y acercándonos ya a la celebración del nacimiento de nuestra Patria como nación independiente, nos reunimos miembros representativos de las distintas tradiciones religiosas presentes en Córdoba y en la Argentina.

Hemos elegido un templo porque queremos que quede cada vez más de manifiesto que nuestra reunión es un encuentro de oración. En este caso lo hacemos en la Compañía de Jesús que rememora un esfuerzo generoso en la evangelización de nuestras tierras y al mismo tiempo un serio compromiso por la cultura del pueblo. Tenemos la intención, en años sucesivos, de recorrer para este encuentro de oración los templos de las distintas tradiciones religiosas de nuestra ciudad.

Como hemos afirmado en varias ocasiones, estamos convencidos que todos los argentinos, cualquiera sea la tradición religiosa a la que adherimos, contribuimos a la construcción y al crecimiento de la Patria y que nuestra fe en el Dios único y Señor de todo lo creado nos ayuda en ese cometido, a la vez que nos desafía a profundizar el conocimiento, la valoración y el aprecio mutuo, la convivencia respetuosa y armónica de los creyentes y de todas las personas de buena voluntad, contribuyendo de esa manera al afianzamiento decidido de la paz.

Días pasados, la tarde del viernes 30 de junio, ha tenido lugar un acontecimiento importantísimo en Córdoba. Miembros de la comunidad islámica han rezado de acuerdo a su tradición en la sinagoga, acompañados por miembros de la comunidad judía y luego, musulmanes y judíos han compartido una cena junto a la mezquita de nuestra ciudad. Con el obispo auxiliar, Mons. Pedro Torres, hemos sido testigos de este hecho singular y emblemático.

Señalo que es un hecho emblemático porque nos está mostrando que es posible una convivencia respetuosa y armónica entre todos los creyentes, no dejándonos involucrar en conflictos que suceden en otras latitudes o que se verificaron en otros tiempos. Al contrario, mostrando y compartiendo una experiencia, la nuestra, que no menoscaba nuestras respectivas identidades y que nos hace honrar aún más la tradición religiosa a la que adherimos.

En el texto de Ezequiel que hemos proclamado y meditado, la Palabra de Dios, la profecía, realiza una obra maravillosa, no instantáneamente sino por etapas. La obediencia a Dios del profeta y su constancia obran el milagro de los huesos que reviven. Así está llamada a revivir la esperanza del pueblo de Dios.

¡Cuanta veces, nosotros los argentinos, como los antiguos israelitas, ante las vicisitudes de nuestra historia, hemos expresado algo semejante: nuestra esperanza se ha desvanecido, estamos perdidos!

La Palabra de Dios, la profecía, nos vuelve a asegurar que Dios está cerca, que no nos abandona, y que su benevolencia y su poder reconstruyen y afianzan nuestra esperanza. Que Él en su bondad y poder nos salva ayudándonos a redescubrir el sentido de los que somos, de lo que hacemos y de lo que vivimos.

Animados por esa esperanza, construyamos entre todos la grandeza de nuestra Patria, tal como la soñaron nuestros próceres. Hagamos realidad aquello del preámbulo de nuestra Constitución nacional que nos ofrece un marco de ley para la convivencia armoniosa de todos: para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres que quieran habitar el suelo argentino.

Que el Señor todopoderoso, el Dios clemente y misericordioso, nos ayude a hacerlo realidad en nuestros días. Que así sea.

+ Carlos José Ñáñez

Arzobispo de Córdoba

Fotos: Carolina Pedri prensa@arzobispadocba.org.ar

No hay comentarios

Dejar respuesta