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Predican monseñor Carlos Ñáñez Arzobispo de Córdoba, monseñor Pedro Torres y monseñor Ricardo Seirutti Obispos Auxiliares de Córdoba. Audio

Propuesta pastoral en su cuarto año consecutivo.

Síntesis de la segunda noche de Retiro. Agradecemos a la producción de Radio María Argentina.

20/07/2016 – En la segunda parte del Retiro Brocheriano predicado por los obispos de la Arquidiócesis de Córdoba, Mons. Carlos Ñañez y los obispos auxiliares Pedro Torres y Ricardo Seirutti, invitaron a recorrer las obras de misericordia desde el testimonio de José Gabriel del Rosario Brochero.

Dar posada al Peregrino

Lc 19, 1-10  el encuentro de Jesús con Zaqueo

Mons. Seirutti comenzó diciendo que Jesús atraviesa Jericó la ciudad que siempre lo recibe, a diferencia de Jerusalén que siempre lo expulsa. El texto nos cuenta que allí vivía un hombre muy rico llamado Zaqueo, jefe de los publicanos. Era el jefe de los cobros para los romanos, y como todos los publicanos, y más aún él siendo el jefe, había hecho su fortuna con esta actividad que suponía un gran pecado: aprovecharse de sus hermanos.

Zaqueo quería ver quién era Jesús. ¿Realmente desea conocerlo? ¿Qué hay en el corazón de Zaqueo que a cualquier costo quiera verlo?. La multitud rodea a Jesús e impiden su cometido. ¿Es su baja estatura? Tiene dos opciones: utilizar su poder y pasar entre la gente, usando sus influencias, o con sencillez mostrar su debilidad y flaqueza subiéndose a un árbol. Abrazado al árbol para no caerse, el jefe de los publicanos allí. ¿Cómo lo verían los otros? ¿Cómo se vería a él mismo?.

Es Jesús quien en realidad quiere verlo. El Maestro al llegar levanta la mirada. Mirando hacia arriba le habla: “Zaqueo baja pronto porque hoy tengo que alojarme en tu casa”. La casa de Zaqueo, la de su familia, la de su corazón.

Jesús ha puesto su morada entre nosotros, su tienda. Somos su casa. Él lo quiere así. Zaqueo quería ver a Jesús, no le importó mostrarse débil. Pero es el Dios con nosotros el que quería no solo verlo, quería habitar en él.

Enseñar al que no sabe
Mons. Carlos Ñáñez propone en este 2º momento el texto de la mujer que derrama perfume Lc 7, 37
Surge la reacción del fariseo: “Si este hombre supiera quien és…” casi como confirmando lo que ya creía, que era un farsante. Jesús lee el corazón, enseña al que no sabe. Lo hace con delicadeza para con el fariseo y sobretodo para con la mujer. Enseña a través de una parábola y con sus gestos.

También Brochero enseña al que no sabe. Viene de una experiencia fuerte, porque en el lugar donde vivía no tenía acceso a una educación de calidad. Con su dedicación y esfuerzo, al venir a Córdoba e ingresar en el Seminario y en la universidad logro una gran formación. Él con su ministerio procuró que todos tuvieran acceso a la educación, por eso su afán de construir templos y escuelas. Comenzó con el colegio de las niñas que no tenía nada que envidiarle a los colegios de la ciudad. Brochero sabía que en el corazón de las mujeres había un gran reservorio de dignidad para la familia. Por eso su delicadeza para con ellas, por eso aceptó gustoso la colaboración de las mujeres en las obras pastorales y misericordiosas en Traslasierras.

Enterrar a los muertos y visitar a los enfermos
Jesús mismo lloró ante la tumba de su amigo Lázaro. Incluso lloró ante Jerusalén que no supo reconocer la visita. Jesús llora cuando le cerramos el corazón. Estas lágrimas también aparecen a lo largo de la historia. Son las que conmovieron a Dios cuando llegaron a sus oídos el clamor de su pueblo. Las lágrimas expresan la impotencia, curan porque desahogan el corazón.

En el evangelio conmueve la audacia de la mujer de lavar los pies de Jesús con sus lágrimas y besar sus pies, cosas que sólo hacían las mujeres con sus maridos. Estos gestos cálidos cambian el clima y cambian la mirada de Jesús. Ella secó sus pies con sus cabellos en un gesto de humildad y le valieron críticas. Muchas veces nuestros gestos suponen críticas. A veces optar por el amor implica una valentía que conlleva pérdidas pero es una inversión que vale la pena: es olvidarse de sí mismo para aprender a amar.

Dicen que Brochero sepultaba muertos. Hay una primera biografía que dice que la ciudad le quedó profundamente agradecida y nunca olvidó su servicio de cuidar con tanta delicadeza los enfermos. Como aquel relato en que se cuenta que Brochero cruzó el río crecido para ver un enfermo. Cuando le decían por qué visitaba a los leprosos, decía que la lepra era la del alma.

Brochero lo entregó todo, no fue mezquino ni mediocre. Al llegar anciano con tantas caídas pide al obispo que lo cambie porque ya no puede visitar a los enfermos y pide que mande a otro cura más joven. ¿Si hemos experimentado la misericordia del Padre, somos misericordiosos como el Padre? ¿Nos ocupa atender, acompañar y estar con los ancianos o enfermos?

Corregir al que se equivoca
Mons Ñáñez presentó la lectura en donde Jesús corrige a Simón y la pecadora que lava con sus cabellos los pies de Jesús Lc 7.36-50
Jesús elogia la actitud de la mujer y le explica que sus pecados son perdonados porque ha amado mucho. A Simón le queda preguntarse si él ama con hondura. Lo mismo nos podemos preguntar cada uno de nosotros.

Se despiertan sospechas por parte de los fariseos en torno a Jesús. “¿Cómo le van a perdonar los pecados?”. Jesús se mueve con total libertad y hace caso omiso a los comentarios. La escena termina feliz porque la mujer escucha lo que todos anhelamos escuchar “vete en paz, tu fe te ha salvado”. ¡Qué lindo poder escuchar ahora del Señor, “tu fe te ha salvado”!.

Brochero también corregía al que erraba. Hablaba con el lenguaje de sus paisanos, pero no era grosero. Por eso quienes no eran de la zona quedaban admirados del modo particular en que hablaba. Es lo que nos pasa hoy con Francisco, muchos dicen “se le entiende”. Brochero enseñaba y corregía con mansedumbre. Cuando estuvo visitando la penitenciaría en Córdoba y predicando los ejercicios a presos también enseñó y corrigió con mansedumbre. Y con los ejercitantes, insistiéndoles a que abrieran el corazón, corrigiendo con misericordia los desvaríos y sus pecados, pero con mansedumbre. En algunos momentos elabora algunas pautas para otros sacerdotes que pudieran ayudarlo. Entre ellas dice que si hay algo que corregir que lo dejen hacerlo a él porque él los conoce y sabe como hacerlo.
Corregir no es para descargar mi fastidio sino para ganar el corazón de la persona.
¿Yo corrijo al que yerra o prefiero hacerme el distraído? ¿Cómo me corrijo en mis yerros? ¿Lo hago con mansedumbre o reprochándome amargamente?

Visitar a los presos
Mons. Torres, continuando con el relato de la mujer arrepentida, dijo que “todos necesitamos del perdón de la misericordia y del amor”.
Derramar el perfume es un gesto de hospitalidad pero también de crear un clima agradable, un clima de esperanza alrededor de una comunidad. Jesús tiene esperanza de que la mujer puede cambiar y de que el fariseo puede caer en la cuenta. Jesús tiene esperanza de que alcancemos la libertad frente al pecado, de nuestras culpas. San Pablo nos dice que ungidos en Cristo con el santo crisma tenemos que ser su perfume sabiendo que produce gozo en el ambiente y lo impregna todo. El perfume se disuelve en el aire, traspasa fronteras. Hay perfumes que despiertan y que liberan, que prolongan los momentos.

Brochero contagiaba deseos de libertad. En la obra de misericordia de visitar a los presos, no sólo iba sino que predicaba ejercicios.
Brochero muere al atardecer en la casa de su hermana, a media cuadra de la casa de los ejercicios. Un niño lo estaba acompañando. Muerto lo ponen sobre la mesa de la casa. Brochero fue como una ofrenda en el altar. Enfermo y preparándose para la muerte rezaba por los que pasaron y por los que vendrían. Sabía que iba a hacer mucho bien desde el cielo. Se sabía asociado a la pascua.
Vale la pena aprender de Brochero para alcanzar la libertad interior, para vivir el perdón y el encuentro con Jesús como un encuentro liberador que abre nuestra vida a la eternidad, que nos abre a una vida distinta porque el amor no muere más.

Consolar al triste
Mons. Seirutti presentó la escena del evangelio del encuentro entre Bartimeo, el ciego que andaba al borde del camino, y Jesús.
Compasión y misericordia, eso es lo que pide el ciego, nadie se la ha dado. Dios siempre escucha, Jesús tiene un oído agudo al que clama.
Jesús que es la luz, el hombre la oscuridad. Jesús que es camino, el ciego que no puede caminar sin chocar. Jesús que es vida, Bartimeo que quiere tomarla. ¿Qué quieres que haga por ti? La pregunta de Jesús llena de libertad y de pasión. Jesús lo sabe, pero es el hombre ciego el que tiene que asumir para ve rlo que Dios quiere mostrarle. El ciego a tientas tendrá que responder con el mayor deseo de su corazón de ver. “Que yo pueda ver otra vez”. Eso evidencia que el ciego veía y ya no. ¿Qué era lo que le había quitado la vista? ¿Qué pecados habían ennegrecido su vida y lo habían dejado al borde del camino?.
Cuantas veces nuestra misma fe se ha ido tiñendo de incredulidad y ha ido perdiendo la pasión por vivir una vida más fraterna. Muchos como el ciego de Jericó quieren ver otra vez. Quizás vos querés ver otra vez. No dejes de arrimarte, de clamar y de pedir ver otra vez.
Es la fe en Jesús lo que recupera al ciego, y recuperado lo sigue por el camino. El que antes no veía ahora ve, el que gritaba y pedía compasión ahora anuncia, el que pedía ahora da. El mendigo ciego ahora es discípulo de Jesús. El que estaba quieto al borde, ahora tiene una misión.

Brochero discípulo sigue a Jesús y el que sigue es el que aprende, como Brochero que aprendió durante toda su vida. Aprendió del evangelio, y también de aquellos que le enseñan a hacerla mezcla para construir, aprende del lenguaje de su gente y de sus gestos. Brochero anda y cabalga, es discípulo y misionero, es incansable. Invita a acercase a la casa de ejercicios o ala parroquia, pero no se queda, sale y se acerca a cada uno aún a los pecadores, a los enfermos y a los que sufren. No va solo, va con Jesús.

El ciego se une a ese caminar nuevo con los que acompañan a Jesús. No camina solo sino que va con Jesús y con muchos más. ¿Cuáles son mis cegueras, que quiero que haga hoy mismo Jesús por mí? ¿Me animo a gritar pidiendo su compasión? ¿Quiero seguir a Jesús o quiero quedarme al borde del camino viendo pasar la vida?. ¿Cómo me toca ser discípulo de Jesús al estilo de Brochero hoy?

 

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