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Homilía del Sr. Arzobispo en el inicio del XI° Sínodo Arquidiocesano

Queridos hermanos:

Al contemplar esta hermosa asamblea, que ya podemos llamar “sinodal”, vienen a la memoria las palabras del salmo 133: “Vean qué dulzura, qué delicia, convivir los hermanos reunidos”. Damos gracias por ello al Señor que nos congrega en nuestra Iglesia madre, la Catedral. Disfrutemos con sencillez y sincera gratitud este momento.

Nos reconforta y anima grandemente la presencia de los integrantes -titulares y suplentes- del aula sinodal, y la de todos los que han querido acompañarnos hoy con su oración y su afecto fraternal, especialmente los hermanos obispos eméritos: Mons. José María Arancibia, Mons. José Rovai y Mons. Roberto Rodríguez.

Queremos tener en este momento un recuerdo especial y agradecido de nuestros hermanos que creen en Cristo y que adhieren a otras denominaciones. Les hemos pedido que nos acompañen fraternalmente con sus oraciones.

Si bien es cierto durante el tiempo de preparación hemos estado viviendo ya la experiencia de caminar juntos, hoy, sin embargo, comenzamos el momento más importante de nuestro Sínodo arquidiocesano, el undécimo en la larga historia de la Iglesia que está en Córdoba.

Herederos de esa rica historia sinodal, lo recibimos como una nueva gracia que el Señor en su bondad quiere concedernos. Al hacerlo, queremos, ante todo, invocar al Espíritu Santo para que nos anime, nos inspire y en todo momento nos conduzca a la verdad.

Queremos también pedir la intercesión de nuestra Madre, la Santísima Virgen María, Patrona de nuestra comunidad católica en su advocación de Nuestra Señora del Rosario del Milagro, la de los santos cordobeses, San José Gabriel del Rosario, las Beatas María del Tránsito y Catalina de María y de un modo especial la de Santa Teresita del Niño Jesús, a quien he encomendado especialmente la realización de este Sínodo.

Al preguntarnos cuál es el propósito de este undécimo Sínodo, debemos responder señalando que es, ante todo, centrar la mirada de nuestra fe y de nuestro afecto en la persona del Señor Jesús, en su mensaje, en sus gestos, en su obra salvadora en favor de todos los hombres.

Centrar la mirada de nuestra fe y de nuestro afecto en Jesús para renovar nuestra adhesión a Él, nuestra amistad con Él, y para compartir con todos este precioso tesoro, que es el Señor, evangelio vivo, que nos encamina a la comunión con el Padre de los cielos, en la gracia del Espíritu Santo, introduciéndonos así en el misterio de la vida trinitaria.

Las palabras del beato Papa Pablo VI, en su viaje apostólico a Filipinas, en 1970, preciosas por cierto, pueden ayudarnos a adentrarnos en el propósito de nuestro Sínodo. Decía el Santo Padre en esa oportunidad: “Jesucristo es el Mesías, el Hijo de Dios vivo; Él es quien nos ha revelado al Dios invisible, Él es el primogénito de toda creatura, y todo se mantiene en Él. Él es también el maestro y redentor de los hombres; Él nació, murió y resucitó por nosotros. Él es el centro de la historia y del universo; Él nos conoce y nos ama, compañero y amigo de nuestra vida, hombre de dolor y de esperanza; Él ciertamente vendrá de nuevo y será finalmente nuestro juez y también, como esperamos, nuestra plenitud de vida y nuestra felicidad”. Y agregaba hermosamente: “Yo nunca me cansaría de hablar de Él…”

El primer anuncio del evangelio, hoy en Córdoba, implica encontrarnos con ese Jesús vivo que anunciaba el beato Pablo VI. No se trata de un enunciado más sino de una experiencia singular, como la de los primeros discípulos. A ellos el Señor los invitó: “vengan y vean”. Nosotros también queremos ir y ver, hacer la experiencia de un encuentro con Jesús, quedar admirados, más aún, fascinados con su persona, con sus gestos, con su enseñanza para testimoniarla ante todos y en todas partes. ¡Qué bueno sería que, como fruto de este Sínodo, también nosotros no nos cansáramos nunca de hablar de Jesús salvador!

El Papa Francisco nos desafía a ser una Iglesia “en salida”, es decir, una Iglesia que habiéndose encontrado con Jesús se anima a llevar a todas partes y de compartir con todos el tesoro de su evangelio, un tesoro que humaniza, que abre horizontes insospechados y plenificadores, horizontes de vida que no acaba, de vida eterna.

Acoger a Jesús, recibir con confianza su evangelio, demanda abrir el corazón, escuchar con atención su propuesta, decidirse a aceptarla y a aceptar todas sus implicancias. Demanda lo que llamamos una “conversión personal”, un cambio de mentalidad, de criterios, de actitudes, de maneras de proceder. El Sínodo, que es una gracia especial, es una oportunidad para esa renovación, para ese cambio interior, reencontrándonos más profundamente con el Señor.

Anunciar a Jesús a todos y en todas partes demanda también lo que ha dado en llamarse una “conversión pastoral”. El Papa san Juan Pablo II al comenzar la novena de años preparatoria para la celebración del quinto centenario de la evangelización de América nos desafió a emprender una “nueva evangelización”, nueva en el ardor, en sus métodos y en sus expresiones.

“A vino nuevo, odres nuevos”, meditábamos en el encuentro preparatorio del 11 de agosto pasado. El desafío de la novedad creativa sigue vigente y tiene que inspirarnos permanentemente en el desarrollo del aula sinodal.

Por eso, aunque valoramos grandemente el esfuerzo de cuanto se ha hecho y se hace hasta el momento, sin embargo, no podemos conformarnos con reeditar sin más lo que hacíamos para anunciar el evangelio. Desde un renovado ardor debemos buscar, con libertad y a la vez con sereno y sensato discernimiento, nuevos caminos para el primer anuncio del evangelio hoy en Córdoba y debemos animarnos, con verdadera audacia apostólica, a encontrar nuevas expresiones del perenne mensaje de Jesús.

Podremos afrontar todos estos desafíos si estamos permanentemente atentos a lo que nos diga el Espíritu Santo, conforme a la exhortación que con insistencia el Apocalipsis dirige a las siete Iglesias: “el que pueda entender, que entienda lo que el Espíritu dice a las Iglesias” (Apoc. 2-3).

Al afrontar la tarea sinodal deberemos también estar atentos a no dejarnos tentar por ningún tipo de “triunfalismo” que nos haga perder la sencillez, la humildad del evangelio y de su estilo, así como también evitar todo “inmediatismo” que nos lleve a imaginar cambios y transformaciones casi instantáneas.

El camino que nos traza el evangelio es más bien el de un proceso largo: el de la búsqueda sincera de la santidad, que es la meta hacia la que estamos convocados. Un proceso llevado adelante con paciencia longánima y con alegre constancia; un proceso que tiene comienzos modestos y que sólo al cabo del tiempo da frutos. Recordemos las parábolas de la semilla sembrada y que crece por sí sola (cf. Mc 4, 26 ss); la del grano de mostaza (cf. Mc 4, 30ss) y la de la levadura que se mezcla con la masa (cf. Mt 13, 33).

El tiempo es superior al espacio, nos dice el Papa Francisco en “Evangelii gaudium” (EG 222-225), es decir, lo que importa es poner en marcha procesos que en su despliegue en el tiempo aportarán frutos de verdadero crecimiento y maduración.

La Palabra que acabamos de proclamar nos ilumina y nos inspira también. El designio de Dios es que reproduzcamos la imagen de su Hijo, que seamos imágenes vivas de Jesús (cf. Rom 8, 29). Ese designio es posible gracias al mismo Jesús que no se avergonzó de asumir toda la fragilidad de la condición humana, reflejada en la lista -no siempre brillante- de sus antepasados (cf. Mt 1, 1-16), y que sobre todo por medio de su misterio pascual realizó la obra maravillosa de llevarnos de la oscuridad de un corazón alejado de Dios, a la luz resplandeciente de ser sus imágenes vivas.

La Virgen Santísima es invocada en la Liturgia como “la aurora que precede al Sol de justicia”. El nacimiento de María es ya el preanuncio del nacimiento del Redentor, del primer anuncio del evangelio de la salvación. A Ella nos encomendamos filial y confiadamente y le encomendamos las tareas y los frutos de este XIº Sínodo.

 

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