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Queridos hermanos y hermanas:

Ayer hemos sido testigos y partícipes de una gracia muy especial para la Iglesia que está en Córdoba y en Argentina y para las Congregación de las Hermanas Esclavas del Corazón de Jesús: la beatificación de su fundadora la Madre Catalina de María Rodríguez.

El Señor nos la ha regalado como intercesora ante Él y como modelo para todos nosotros. Hoy queremos dar gracias a Dios por este precioso regalo y queremos también sentirnos invitados a acoger en nuestros corazones esta gracia y desafiados a seguir las huellas de esta discípula misionera de Jesús, contando con la ayuda de su valiosa intercesión.

Nuestra acción de gracias tiene lugar cuando con toda la Iglesia celebramos la fiesta de “Jesucristo, Rey del Universo”. Un rey del todo singular porque no reina desde el poder o la dominación, sino desde la entrega generosa y hasta el fin, como la concretada en la cruz, y desde el servicio sencillo y humilde, como el del lavatorio de los pies de sus discípulos durante la última cena con ellos.

A través de su entrega esforzada y generosa y de su servicio humilde y abnegado, Jesús realiza la obra maravillosa de nuestra reconciliación con Dios e instaura un reino que es un reino de verdad y de vida, de santidad y de gracia, de justicia, de amor y de paz (cf. Prefacio de la Misa de Jesucristo Rey del Universo).

Como nos recuerda el apóstol san Pablo, Jesús por su misterio pascual  es el vencedor de la muerte y del pecado, que es la causa de la muerte. Él es el verdadero pastor anunciado por el profeta Ezequiel que se ocupa de sus ovejas, las reúne y las cuida amorosamente. Él es también el Juez misericordioso que examinará a todos en el amor en la tarde de nuestras vidas.

Madre Catalina, colabora en la construcción del Reino de su querido “Amo”, como cariñosamente designa a Jesús, también desde la entrega abnegada y generosa, y desde el servicio sencillo y humilde, discerniendo en todo momento el proyecto amoroso de Dios y abrazándose a él con fidelidad constante.

El manantial en donde Catalina abrevaba esa disposición era el Corazón de Jesús, símbolo del amor de Dios por nosotros. Catalina se dejó querer por Jesús y fortalecida por ese amor que la renovaba y la transformaba íntimamente, amó profundamente a su vez al Señor y lo sirvió. Lo amó y lo sirvió de modo especial en la persona de sus hermanos, especialmente los más frágiles y alejados. En ellos reconoció la presencia de su “Amo”. Su lámpara estuvo siempre encendida, multiplicó los talentos recibidos y por eso escuchó las palabras reconfortantes de Jesús: “Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo”.

En un mundo atravesado por el dolor y el sufrimiento, consecuencias del pecado, Madre Catalina experimentó también la invitación a practicar la reparación por la cual, asociándose a Jesús y a su entrega “completaba en su carne lo que faltaba a los padecimientos de Cristo, para el bien de su Cuerpo, que es la Iglesia”, como en su momento testimoniaba el apóstol san Pablo (cf. Col 1, 24).

Madre Catalina nos deja ese testimonio vivo y esa enseñanza invitándonos a seguir sus huellas y animarnos a asociarnos a la tarea de reparar por el amor y sus obras todas las consecuencias del desamor y del pecado en el mundo.

Catalina fue amiga y colaboradora de san José Gabriel del Rosario Brochero. Se habían conocido a partir de la práctica de los Ejercicios Espirituales de san Ignacio de Loyola. Ambos se hicieron promotores y difusores de esta gracia para la Iglesia. Brochero encontró en ellos un camino privilegiado para la evangelización de su extensa parroquia. Catalina, a través del servicio de sus Hermanas, fue una colaboradora eficaz de esa práctica en Traslasierra haciéndose cargo de la atención de la Casa de Ejercicios de la Villa del Tránsito.

Brochero y Catalina intuyeron además la enorme importancia de la educación para la promoción de las personas, particularmente de la mujer, y mediante una acción conjunta llevaron adelante la obra pionera de un colegio para niñas en la Villa del Tránsito que era una novedad para la Argentina que estaba organizándose como Nación.

La obra educativa de Madre Catalina no se circunscribió al colegio de Traslasierra, sino que se fue expandiendo en diversos lugares del país y de otros países hermanos. Catalina percibió con claridad que la educación libera a las personas de la ignorancia, que es condición propicia para reducir a las personas a la deshonra de la esclavitud, las promueve de verdad y las plenifica ofreciéndoles horizontes de realización que van más allá de la peregrinación terrena y que culminan en la participación de un banquete, el del Reino, que no tiene ocaso y que da pleno sentido a nuestra existencia.

En la Jornada pastoral arquidiocesana del 28 de octubre pasado decíamos que la canonización de san José Gabriel del Rosario Brochero y la beatificación de Madre Catalina, como anteriormente la de la beata María del Tránsito Cabanillas y el testimonio comprobado de tantos varones y mujeres ilustres de fin del siglo XIX y comienzos del siglo XX, son un llamado que el Señor en su Providencia nos hace a todos los cordobeses a tender decididamente a la santidad que hace nuestra vida más humana, más digna y más plena, y que es una invitación a sentir vivamente el deseo de dar a conocer con alegría y a través de nuestra palabra y nuestras obras a Jesús, que es el mejor regalo que puede recibir una persona (cf. Documento de Aparecida, 29).

En ese espíritu estamos invitados a prepararnos para la realización del próximo Sínodo Arquidiocesano, el undécimo en la historia de nuestra Iglesia local. ¡Que el Señor en su Bondad y la oración de los santos y beatos nos alcancen la gracia de vivir con hondura este paso del Señor entre nosotros y nos disponga a escuchar lo que el Espíritu quiere decir a la Iglesia que está en Córdoba (cf. Apoc. 2, 7)! Que así sea.

+  Carlos  José  Ñáñez

Arzobispo de Córdoba

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