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ALTA GRACIA, CÓRDOBA, 11 DE FEBRERO DE 2019

HOMILÍA MISA FIESTA NUESTRA SEÑORA DE LOURDES

JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO

MONSEÑOR CARLOS JOSÉ ÑÁÑEZ

Queridos hermanos, con plena alegría y con gran confianza, nos hemos llegado aquí a este Santuario para honrar a la Virgen Santísima en el día de su Fiesta.

En el libro de la Liturgia de las Horas, que es el libro oficial de oración de la Iglesia, en el Oficio de Lecturas, en la Segunda Lectura, hay un pasaje de un escrito de santa Bernardita que refiere lo que ella vivió allá en Lourdes cuando la Virgen Santísima se le manifestó. Al final de esa narración consignada en ese libro dice que la Santísima Virgen le confió algunos secretos que ella ha guardado cuidadosamente. Y esto nos trae a la memoria y nos hace pensar también en los llamados “Secretos de Fátima” que últimamente se conocieron en su integridad. Un detalle para destacar es esa intimidad que la Virgen Santísima quiere tener, en este caso con Bernardita, también con los pastorcitos Jacinta, Francisco y Lucía allá en Fátima, y se pone de relieve que era gente sencilla; la Virgen expresa con ellos gran cariño e intimidad.

Y cuando nosotros consideramos eso, decimos, ¿y nosotros no tenemos algún secreto? ¿El Señor no nos regalará algún secreto?, ¿la Virgen no nos dirá algo? Yo creo que sí. El secreto es que Dios nos quiere, Dios nos ama, y ha enviado a su Hijo hecho uno de nosotros, nacido de la Virgen para decirnos con gestos, con palabras, que realmente nos quiere, porque Jesús ha venido por nosotros y ha dado la vida por nosotros. Este es el secreto, un secreto, no para guardarlo celosamente sino para comunicarlo, para compartirlo. Cuando uno comparte un secreto normalmente lo hace en una intimidad. Qué lindo si nosotros compartimos entre nosotros este secreto que “Dios nos ama”, porque entonces, entre nosotros se genera esa actitud de sentirnos todos discípulos de un mismo maestro y sobretodo sentirnos hermanos, y dejar que esta palabra resuene en el corazón. Somos discípulos del mismo maestro, hermanos los unos de los otros porque tenemos un Padre que nos ama con toda la infinita grandeza de su corazón. Qué bueno es compartir esto, qué bueno hacerlo en ese clima de intimidad y de confianza propia de amigos y de hermanos.

Y el papa Francisco con ocasión de la fiesta de hoy, la Jornada Mundial de Oración por los Enfermos,  nos invita a donarnos a nuestros hermanos, a los que sufren enfermedad; y hace una consideración muy linda: “un don es mucho más que un regalo”, porque en el regalo uno transmite la posesión de un objeto que se lo confía a otro, en el don uno manifiesta también la intención de brindarse a uno mismo. No es solamente una cosa que uno ofrece, se ofrece a sí mismo, ofrece su amistad, su cercanía. Esto es lo que necesita un hermano enfermo, cuidado, ternura, y recibir también de labios fraternales el secreto que Dios nos ama y que él en su enfermedad es especialmente amado por Dios y que puede participar estrechamente de la entrega y la ofrenda de Jesús  y así en el seno de la comunidad eclesial, en el seno de la Iglesia, es alguien importante, una palabra importante por decir.

El papa San Juan Pablo II cuando iniciaba sus viajes apostólicos que eran comprometidos, a veces desafiantes, siempre se encomendaba a la oración de los enfermos porque sabía que tenía especial cabida en el corazón de Dios. Pero ese hermano que puede hacer tanto en favor de la Iglesia necesita también la cercanía, la ternura, el cariño de la Iglesia expresado por sus hermanos en la fe y necesita escuchar el secreto, porque todos tenemos que escuchar ese secreto, que Dios nos ama.

Y la Virgen Santísima nos lo dice a nosotros hoy también, desde la Palabra de Dios que acabamos de escuchar. En la Primera Lectura oíamos al profeta Isaías que dice que Dios nos quiere acariciar como una madre acaricia a un niño sobre las rodillas y que quiere ser quien consuele como una madre consuela a sus hijos. Ese es el secreto que nos está diciendo hoy la Virgen Santísima a nosotros: Dios nos ama y nos ama con esa ternura, y acariciarnos, y consolarnos. Venimos acá con nuestras preocupaciones, con nuestros dolores, pero ahí está el corazón de la Madre que acaricia, que consuela. Y la Virgen hace patente la caricia y el consuelo de Dios, porque Dios nos quiere, este es el secreto, Dios nos ama, no porque nosotros conquistemos el amor, porque él nos lo regala antes que nosotros abramos el corazón y tratemos de responderle sintonizando con ese amor que él nos tiene.

Y lo otro que la Virgen nos dice hoy, el otro secreto: “Hagan todo lo que Jesús les diga”. Se lo dijo a los servidores allí en Caná y nos lo dice hoy acá, en Alta Gracia a nosotros: Hagan todo lo que Jesús les diga. Y ¿qué nos dice Jesús? Pensemos en la Última Cena, en la conversación con los discípulos: “Este es mi mandamiento, ámense  unos a otros”. Es decir, no se perjudiquen unos a otros, respétense, sean bondadosos, ayúdense, estense cerca unos de otros para tenderse una mano fraternal, en los momentos difíciles, en la enfermedad, en las necesidades materiales, en miles de circunstancias que nos tocan atravesar, qué bueno es tener en cuenta esta recomendación de Jesús y de la Virgen: Hagan lo que Jesús les dice.

Por eso queridos hermanos yo los invito a que hoy pongamos en manos de la Virgen, en su corazón, nuestras preocupaciones, pero  también pidámosle a ella que nos ayude a conservar en el corazón este secreto, que Dios nos quiere, y dejarnos querer, dejarnos querer por Dios. Y le pedimos a la Virgen también que nos ayude a compartir este secreto, pero desde el corazón, no simplemente como quien repite una cosa archisabida sino como quién comparte una experiencia. “Te digo que Dios nos quiere, porque lo he sentido, porque lo he experimentado en mi vida”. Frente a ese testimonio no hay argumento que lo discuta, tiene toda la fuerza de la realidad que uno ha vivido por eso le pedimos a la Virgen que nos ayude a guardar ese secreto en el corazón y a compartirlo desde el corazón. Que ella nos alcance esta gracia. Que así sea.

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