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Nacer a un Tiempo Nuevo

A todos los bautizados, hijos de la Iglesia que peregrina en esta Arquidiócesis de Córdoba:
fieles laicos, sacerdotes, religiosos y religiosas;
a todos los hermanos de otras iglesias cristianas y a los creyentes de otros credos;
a todos los hombres y mujeres de buena voluntad,
sobre todo, aquellos que sufren silenciosamente en nuestro pueblo.
En particular, a todos los dirigentes y aquellos que tienen roles de conducción y orientación;
a todas las personas que trabajan en las áreas de la justicia, la economía, la educación,
la salud, las empresas, la seguridad, la cultura y el arte;
a todos los actuales políticos, funcionarios del gobierno y representantes del pueblo,
y aquellos que aspiran a ser candidatos de la representación popular.

Al finalizar este año tan intenso como difícil deseo acercarme con esta Carta a cada uno de ustedes, como lo hizo la Virgen María con su prima Isabel para visitarla, acompañarla y servirla (cf. Lc 1, 39-45).
He escuchado al Pueblo de Dios, mediante una consulta que propuse a todas las comunidades de nuestra Arquidiócesis: parroquias, movimientos y asociaciones, congregaciones religiosas e institutos seculares, comisiones arquidiocesanas y consejo presbiteral.
Verdaderamente siento el dolor de muchos de nuestros hermanos y conozco sus sufrimientos. Pero sé también que en los signos del presente Dios sale a nuestro encuentro, viene una vez más a nuestra historia y oímos, como María, su cercanía: ¡Alégrate, el Señor está contigo! (cf. Lc 1, 28).
En ejercicio de mi servicio pastoral ofrezco este mensaje para expresar el sentir de nuestra Iglesia arquidiocesana, iluminar la situación actual y levantar nuestra mirada con esperanza. El tiempo de Adviento que hoy comenzamos en las comunidades cristianas nos invita a ello.

NUESTRO RECONOCIMIENTO

Los creyentes hemos experimentado el amor de Dios creador, el Padre de Nuestro Señor Jesucristo. Un amor fiel, capaz de perdonarnos y liberarnos de aquello que nos deshumaniza. Dios, que es amor, abre su corazón a todos y se involucra en la historia de los hombres; su justicia, atenta a los débiles y necesitados, manifiesta su amor.

Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios hecho hombre, nace entre nosotros y anuncia la Buena Noticia a los pobres. En su muerte padece y siente como Dios Salvador el dolor de los que sufren; El, ya resucitado, nos da el Espíritu Santo y nos invita a construir un tiempo nuevo.

Creemos en Dios, fuente de toda vida, que no quiere la muerte de ninguno de sus hijos; como Isabel que reconoce al Salvador en María, proclamamos con fuerza el valor sagrado e inviolable de toda vida humana. Esperamos en el Dios de Jesucristo; su nacimiento en Belén es cumplimiento y promesa de un futuro de mayor justicia y plenitud para todos. Amamos a Dios, que ha hecho en nosotros grandes cosas; por su Espíritu en nuestros corazones construimos desde ya aquel futuro.

Los argentinos hemos recibido mucho de parte de Dios; ¡su Hijo nos ha visitado tantas veces! Es preciso, como Isabel llena del Espíritu Santo, abrir los ojos y el corazón para reconocer su llegada. Descubrimos su huella en la riqueza de nuestra naturaleza, en el testimonio de entrega y sacrificio de nuestros padres, en tantos rostros humildes de nativos e inmigrantes que forjaron nuestra Nación y nuestra Córdoba.
Sin embargo, es doloroso y cierto que hemos empobrecido el país: provincias pobres, municipios pobres, familias pobres. Todos, aunque de modo diverso, somos corresponsables de la grave crisis que nos hiere y agobia. Debemos reconocer en qué medida hemos malogrado el inmenso don que Dios confió a nuestra libertad: lo que tenemos y lo que somos. Reconocer con gratitud nuestras riquezas y con dolor nuestra verdad es el primer paso para renacer a un tiempo nuevo.

NUESTRO DOLOR

La gravedad del problema argentino se muestra dramáticamente en la persistencia y extensión de la pobreza del pueblo, injusticia que clama al cielo (cf. Ex 3, 7). La globalización neoliberal, y su discurso y estrategia hegemónico-economicistas, es una de las causas principales de la situación actual. Sus consecuencias afectan gravemente al cuerpo social y se perciben, por ejemplo, en las condiciones de las negociaciones con el FMI, el deterioro del Mercosur y la influencia en las políticas de Estado, las privatizaciones sin control y el despojo de los bienes nacionales, el cierre de las pequeñas y medianas empresas por la apertura irrestricta del mercado, la precarización del trabajo y la prioridad dada al lucro en perjuicio de la persona y su dignidad, al capital financiero en desmedro del productivo.

En nuestro país son muy preocupantes el desequilibrio y la falta de independencia entre los poderes del Estado; es igualmente significativa la falta del respeto fundamental, tanto a las Constituciones Nacional y Provinciales como a las demás leyes justas, y el consecuente abuso de poder mediante privilegios legales pero no éticos.

En el territorio de nuestra Arquidiócesis nos duelen las promesas incumplidas, el descrédito en el que han caído legítimas autoridades, la lentitud y ambigüedades para responder a la emergencia social, y el manejo poco claro de la cosa pública en algunos municipios y en diversas iniciativas de la gestión provincial.

Cuánto nos daña la corrupción cotidiana instalada en tantos ciudadanos, que erosiona y desintegra el tejido social y las convicciones personales; cuánto nos duele el sufrimiento injusto de muchos que se han empobrecido a causa de intereses sectoriales. Dichos intereses postergan el derecho fundamental a la vida, sobre todo de los excluidos y humillados en su dignidad, los explotados en sus necesidades, los olvidados en sus derechos; las minorías marginadas y los violentados de múltiples maneras, tanto por el Estado como por sus conciudadanos; los desocupados, los subempleados y los que trabajan resignando sus derechos; los que conocen la pobreza extrema, la dolorosa indigencia y hasta la humillación de la miseria; los ahorristas defraudados, los que emigran al exterior, los ancianos desprotegidos y los niños escandalosamente desnutridos; los adolescentes y jóvenes sin posibilidades de estudio ni futuro, y las familias desmembradas; las víctimas de los secuestros y los innumerables enfermos sin cobertura médica alguna. Muchos de nuestros hermanos padecen en silenciosa soledad, sin que se oiga su voz, su dolor. Jesús ha querido identificarse con ellos (cf. Mt 25, 40), y en ellos prolonga su pasión. También la Iglesia, cuerpo de Cristo, sufre con ellos y en ellos; los asume, los acompaña e intercede. Esta enorme situación de inequidad nos interpela a todos.

Los católicos que vivimos en Córdoba no siempre hemos sido responsables de la fe que profesamos y en el compromiso con los más necesitados. Duele mucho nuestra incoherencia, cuando en el ámbito público o privado no vivimos las exigencias del mensaje de Jesús, particularmente nosotros los sacerdotes. Es imprescindible reconocer los propios errores y pecados, y aceptar la crítica constructiva de otros. Denunciar las injusticias, asumir la propia responsabilidad en ellas y resolver creativamente nuestros problemas son también pasos necesarios para renacer a un tiempo nuevo.

NUESTRA ESPERANZA

Como María, cuando visitara a su prima Isabel, no nos resignamos ante las dificultades, no somos indiferentes a lo que pasa, ni a Cristo que está entre nosotros. Como aquella gran mujer anunciamos que se cumplirá lo que fue prometido por Dios en el mensaje de Jesús de Nazaret: que su Reino de justicia es su don para nosotros y para todos los pueblos de la tierra. Que cuanto deseamos, pedimos y hacemos en la construcción de una nueva sociedad es fruto de su presencia en los corazones.

Por tanto, estamos convencidos que todo gesto de amor es nuestra mejor respuesta a Dios y al prójimo. De allí que es tan importante valorar a cada persona como un hermano, y a cada familia para recuperarnos socialmente; por lo mismo es impostergable priorizar el bien común, promover los valores de la honestidad, la verdad y la justicia. El esfuerzo de todos, aún el de aquellos que padecen heroicamente una situación injusta no querida por Dios, hará posible un cambio en el estilo de nuestra vida social.

La esperanza, más que una palabra, es un valor dinamizador de nuestra cultura. Tenemos el deber de cuidarla, alentarla y fortalecerla. Es un don que late en el corazón de cada uno, y nos debe movilizar para sostenernos y ayudarnos mutuamente.

¡Qué bien nos hace a todos el esfuerzo desinteresado de aquellos que brindan su tiempo y sus energías para los demás! En tiempos difíciles ha crecido la generosidad, discreta pero eficaz, de muchos argentinos. Los emprendimientos comunitarios, las redes solidarias, y tantas otras iniciativas, desarrolladas o germinales en el país y entre nosotros, hablan por sí mismas de la reserva espiritual de nuestro pueblo. Cuántos enfermos ofrecen silenciosamente su dolor por otros, unido al de Cristo en su cruz; ese sufrimiento, del que soy testigo, es fuente de vida para nosotros. Por todo esto, nuestra esperanza solidaria alimenta la fraternidad y nos hace renacer a un nuevo tiempo.

NUESTRA INVITACIÓN

Ningún proyecto de grandes esperanzas puede realizarse sin proponernos un cambio de mentalidad. En nombre de Dios pido que todos, especialmente quienes tenemos una responsabilidad dirigencial en la sociedad, realicemos renuncias concretas (cf. Lc 19, 1-10): a intereses individualistas y privilegios sectoriales, a las actitudes mesiánicas y oportunistas, a todos los resentimientos sociales, al descontento inconformista y al pesimismo. Es urgente renunciar a la absurda y corrosiva ambición de poder, sea donde sea, que posterga nuestros verdaderos y cruciales problemas. No podemos seguir engañándonos los unos a los otros, ni olvidarnos de los más débiles, como si no existieran.

Deseo invitar a toda la Iglesia diocesana a una auténtica conversión personal e institucional. Particularmente me dirijo a los creyentes que trabajan en el mundo de la justicia, de la salud y la seguridad, a los economistas y políticos, a los sindicalistas, a los intelectuales y educadores, a los que trabajan en el mundo del arte y de la comunicación social. Promovamos aquellas iniciativas públicas y privadas, comunitarias o individuales, que ayuden a concretar un cambio real y posible.

También invito a toda la sociedad a llevar a cabo las transformaciones que sean necesarias. Debemos gestar un proyecto de país que dé cabida a todos, especialmente a los pobres y empobrecidos, y que respete las raíces y los valores de nuestra identidad. Fomentemos una cultura ética del trabajo, generadora de un Estado nuevo que gestione, honesta y eficazmente, el bien común y el fortalecimiento de la democracia. Ello implica, tanto una real y efectiva independencia de los poderes del Estado como el buen funcionamiento de los mismos. A los medios de comunicación, cuya misión es servir a la verdad, los invito encarecidamente a renovar su compromiso social, a través de una labor objetiva, seria y prudente.

Pido a los bautizados un compromiso efectivo, no sólo eclesial sino especialmente social (centros vecinales y de participación comunal; responsabilidades públicas; partidos políticos, organizaciones no gubernamentales; fundaciones y otras instituciones intermedias), y la recreación de auténticos ámbitos de participación. Este compromiso deberá “mostrar” nuestra fe cristiana (cf. Sant 2, 14-17).

Por último, propongo a la Iglesia diocesana una decidida opción por los más pobres, mandato irrenunciable que hemos recibido de Jesucristo y exigencia inexcusable para los argentinos. Preparémonos para recibir al Señor de nuestra historia en la próxima Navidad; que ningún hermano nuestro esté solo. En el adviento definitivo, al final de los tiempos, Jesús volverá. Él secará toda lágrima y nos juzgará sólo en el amor.

Recuerdo las palabras que los Obispos argentinos ofrecimos en nuestra meditación y confesión de fe, con ocasión del Jubileo del año 2000: “¡Dejemos que Dios nos renueve y nos reconcilie en nuestras familias, en nuestras comunidades cristianas y en nuestra sociedad! ¡No nos resistamos a cambiar lo que debe ser transformado! ¡Ofrezcámonos a Jesús como instrumentos para construir la nueva civilización de la justicia y el amor!” (Jesucristo, Señor de la historia, 21)

Como Pastor de este pueblo elevo mi corazón a Ntra. Sra. del Rosario del Milagro, Patrona de la Arquidiócesis. Imploro a Dios, por su intercesión, la gracia de renacer y construir un tiempo nuevo. Saludo muy cordialmente a todos, deseándoles un fructífero tiempo de Adviento y una muy Feliz Navidad.
+ Carlos José Ñáñez

Arzobispo de Córdoba

Córdoba, 1º de diciembre de 2002

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