4 de noviembre de 2016. Homilía en la Misa de acción de gracias por la canonización de Brochero.

Queridos hermanos y hermanas:

Con sentida alegría nos congregamos en torno al altar para conmemorar el  centésimo quincuagésimo aniversario -los 150 años- de la ordenación sacerdotal del Santo Cura Brochero en la Iglesia Catedral de Córdoba y festejar y agradecer a Dios el precioso don de su reciente canonización.

La proclamación de la santidad de nuestro querido José Gabriel del Rosario ha constituido un regalo para toda la Iglesia. Son notables las repercusiones que este acontecimiento ha tenido en diversas partes del mundo, en donde su simpática y atractiva figura ha despertado no sólo curiosidad, sino sobre todo verdadera admiración y deseos de imitación.

Al canonizarlo, la Iglesia nos lo ha propuesto ante todo como intercesor. Ya durante su vida el Cura Brochero rezaba por todos, especialmente en los años de su enfermedad terminal. A su compañero de ordenación sacerdotal, Juan Martín Yañiz, le escribía: “Dios me da la oportunidad de rezar por todos los hombres, los pasados, los presentes y los que han de venir”. No dudamos que san José Gabriel en la gloria cumple con mayor intensidad aún con este ministerio de intercesión.

La Iglesia nos lo propone también como modelo de vida cristiana. Como ejemplar de cristiano comprometido. Como alguien que vivió con intensidad su fe, que se dejó alentar por una inquebrantable esperanza y que estuvo permanentemente animado por una ardiente caridad.

Su canonización es sin duda un regalo para nuestra Patria en las actuales circunstancias y nos plantea el desafío de caminar y de trabajar juntos por el bien de todos.

Brochero suscitó permanentemente la colaboración de sus conciudadanos y feligreses, animándolos a emprender obras que a primera vista podían aparecer desmesuradas e inalcanzables. La fe en la ayuda de Dios y la generosidad de todos los involucrados, en primer lugar el mismo Cura, hizo que el éxito coronara sus empresas.

Allí están como testimonio la Casa de Ejercicios, el Colegio de niñas y otras obras levantadas con el sólo esfuerzo y el sólo aporte de sus paisanos. ¿No será este un mensaje para que en el momento actual, los argentinos, los cordobeses, nos animemos también a trabajar juntos en vistas del bien de todos y de superar el flagelo de la pobreza y de las adicciones como en su momento lo hizo el santo Cura Brochero en Traslasierra?

Agradecemos a Dios nuestro Señor el regalo del modelo de Brochero y su intercesión en favor de todos nosotros. Quizás podemos formular, en el secreto del corazón de cada uno de nosotros, el compromiso de no volver estériles estos regalos que la Providencia nos ofrece y animarnos a buscar con empeño la santidad que ennoblece nuestra vida y la hace cada vez más digna.

Pero también queremos conmemorar el sesquicentenario de la ordenación sacerdotal de san José Gabriel. Ordenación que él recibió en esta misma Iglesia Catedral el 4 de noviembre de 1866, a los 26 años de edad, de manos del obispo de Córdoba, Mons. José Vicente Ramírez de Arellano.

¿Qué habrá sentido el Cura Brochero en ese momento del todo singular? ¿Cuáles habrán sido sus pensamientos? A partir de sus sucesivas confidencias con amigos y feligreses, así como también a partir de algunos escritos suyos que han llegado hasta nosotros, podemos decir que su ordenación fue el momento decisivo de su opción por Jesús, el momento culminante de su decisión de militar bajo su bandera y el momento clave de su entrega al servicio del Señor y de su Iglesia; entrega que mantendría con total fidelidad hasta el último de sus días.

En su ordenación sacerdotal seguramente estuvo, al menos en germen, su decisión de salir permanentemente a buscar a sus hermanos, especialmente a los más alejados, para acercarlos a Jesús y para compartirles las riquezas del evangelio que ilumina la vida y de la gracia que nos hace participar de las riquezas de la vida de Dios.

Habrán resonado también con fuerza en su corazón las palabras de la exhortación del obispo: “date cuenta de lo que realizas -al celebrar la santa Misa- e imita lo que conmemoras”. Brochero vivió su ministerio muy unido a la cruz de Jesús con la firme esperanza de participar de la gloria de la Resurrección. Sus últimas cartas, a confidentes y amigos, son un testimonio de esta actitud de sacerdotal ofrenda vivida hasta el final.

Brochero nos deja un ejemplo sublime y desafiante a todos los pastores del pueblo de Dios. Nosotros, que contamos hoy con la riqueza de la enseñanza de la Iglesia en el Concilio Vaticano II y con las innumerables profundizaciones que la teología nos brinda, estamos invitados a renovar nuestra opción por Jesús, a renovar la alegría de nuestro sacerdocio, a formular el compromiso de salir a buscar a nuestros hermanos para contarles y compartirles las inmensas riquezas de la amistad y de la vida que Jesús nos ofrece y quiere regalarnos.

Brochero nos invita a nosotros sacerdotes a no tener miedo a la santidad, a tender a ella con paciencia y tenacidad, conscientes de que ella promueve siempre una vida más humana y más digna para todos.

Antes de reunirnos en torno a este altar, hemos conmemorado los casi ciento cincuenta años de la primera Misa de Brochero que celebró el 10 de diciembre de 1866, fiesta de la Virgen de Loreto, en la capilla del Seminario en el cual se había formado y que estaba en este mismo lugar.

Nos preguntamos: ¿no habrá en el pueblo santo de Dios que hoy peregrina en Córdoba otros jóvenes que como Brochero quieran comprometer toda su vida para servir al Señor y a sus hermanos en el sacerdocio? Confiamos en que sí, y ponemos en manos de este santo cura esa intención para que quienes sientan el llamado divino correspondan con generosidad como hizo él.

A la Virgen Santísima, a la Purísima, como san José Gabriel la llamaba cariñosamente, encomendamos todas estas inquietudes e intenciones.

+  Carlos  José  Ñáñez

Arzobispo de Córdoba

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