Fuente: LA NACIÓN

“La base de su tarea es la confianza, que los chicos sepan que la Iglesia está “para ayudar, para acompañarlos en un proceso que no es de un día. Aquí no vienen a pagar culpas por haber consumido, sino a encontrar motivos para seguir viviendo”, argumentó el sacerdote.

Córdoba. Maldonado y Müller son parte de la zona caliente de esta ciudad. Hay cocinas de droga y narcomenudeo. Portar armas es común, igual que los ajustes de cuentas callejeros. En ese contexto difícil, hay jóvenes que intentan alejarse del delito y del consumo y construir un proyecto de vida.

A los 15 años, J. cuenta que antes los dos barrios eran famosos “por el choreo” y ahora lo son “por la droga”. Dice que se consigue de todo (incluso pasta base), aunque “a veces escasea la marihuana y (los adictos) se ponen locos; tienen que esperar hasta los viernes que llega”. Con naturalidad comenta cómo a otros dos chicos, de 11 y 12 años, les pegaron un tiro por quedar en medio de una pelea. Se siente “un poco a salvo” porque su papá vive desde siempre ahí y es “respetado, así que no se meten con nosotros”.

B. empezó a consumir a los 15 (ahora tiene 19): le convidaban porros en el colegio. Hizo unos talleres y consiguió un trabajo y una beca Progresar. Asegura que el año que viene volverá a la escuela. A su lado, R. apunta que arrancó a los 11 porque sus amigos lo habilitaban. Sin vueltas, admite que salía a robar para tener plata. Usaba armas de otros que se las prestaban. Decidió parar cuando murió su mamá; está en el intento de salir.

Hace dos años, Morena, una nena de cuatro años, fue asesinada en su casa de Müller cuando una banda llegó a ajustar cuentas con su papá. En 2007, Facundo Novillo fue alcanzado por un proyectil disparado desde un FAL cuando pasaba en auto, de casualidad, por el medio de un narcorrobo en el barrio Colonia Lola, en el mismo sector de esta ciudad.

De los chicos con los que pudo conversar LA NACION en distintos puntos de los barrios, K. es el más verborrágico. A los 24 años, está entusiasmado porque ve una posibilidad de cambiar su historia; señala que en las instituciones a las que asiste se siente “seguro, tranquilo”. Empezó a “chorear” de chico: “A los vecinos nunca les toqué nada, porque después son ellos los que te abren la puerta cuando te busca la cana”.

Vive con cinco balas en el cuerpo y estuvo tres años, entre los 16 y los 19, preso por un crimen. “No lo maté, iba con otro que le disparó”, advierte, y en un minuto repasa cómo se escapaba de los institutos de menores; por ejemplo, tomando lavandina para que lo llevaran al hospital y, apenas lo bajaban, huía. A la semana lo encontraban y reiniciaba el círculo.

Porros, droga (como definen todos la cocaína) y pastillas son los consumos más repetidos. La “alita de mosca” (cocaína peruana de alta pureza) se vende afuera porque es más cara; se paga hasta 150 pesos la dosis. Müller y Maldonado son también áreas distribuidoras.

Leer nota completa. Foto: Diego Lima – LA NACIÓN.

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